Por Nicolás Torres Ressa, Prof. de Filosofía (UNLP).

 Hace algunos días, el Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA), perteneciente a la Facultad de Psicología de la UBA, publicó los resultados de una encuesta titulada “Crisis Coronavirus”. Ya es la sexta vez que la llevan a cabo: la primera de todas fue realizada en la semana del 7 de marzo, es decir, poco menos de doce días antes del inicio del aislamiento social preventivo y obligatorio. Para su investigación, el OPSA entrevistó (a través de las redes sociales) a 3181 personas, pertenecientes a distintos estratos socioeconómicos de la CABA, el GBA, el Interior de la Provincia de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza, Tucumán y Neuquén. 

El 46% de los encuestados respondió que siente “mucha” o “bastante” ansiedad desde el brote de coronavirus; a su vez, un 16% afirma padecer “mucha” o “bastante” depresión. Un 13% dio las mismas respuestas en la categoría “pérdida de sentido de la vida”. Ocho de cada cien encuestados respondieron que sus vidas cambiaron drásticamente, que están desesperanzados y con angustia respecto al futuro. Son números preocupantes, que nos llaman la atención acerca del impacto de la pandemia sobre la salud mental de nuestra población. 

El martes pasado, el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires señaló que la vida normal que conocíamos “ya no existe más”. Querer volver al 2 de marzo (es decir, un día antes que se conociera el primer caso de Covid-19 en nuestro país) sería un suicidio colectivo. Por ahora, el aislamiento es la única medida capaz de protegernos a todes. Con todos los problemas que esta situación conlleva: no hace falta aclarar que es muy duro estar separades de nuestres amigues y de nuestres seres querides.

Se habla mucho de que estamos viviendo momentos “muy difíciles”. Yo creo que esa expresión no es del todo exacta: esto que nos está pasando no es tan sólo “una dificultad”. En la vida hay muchísimas circunstancias donde uno tiene que hacerle frente a distintas dificultades: las hay económicas; las hay en el laburo; en los estudios; en nuestra relación con los demás; etcétera. La vida está llena de adversidades. Lo que nos está pasando ahora, es algo distinto: no son momentos difíciles… son momentos dolorosos. El dolor es mucho más complejo (y mucho más profundo) que una dificultad. A veces cuesta caer en la cuenta de que estamos viviendo un acontecimiento que nos va a marcar para siempre, de manera definitiva. Nuestras vidas no van a volver a ser las mismas. 

En medio de este caos y de este dolor, quizás no nos vendría mal ponernos a pensar en una pregunta que, a esta altura, es la pregunta del millón: cómo ser felices. A lo mejor, tendríamos que reflexionar acerca de qué es lo que hasta el día de hoy considerábamos que era la felicidad. 

¿Qué es la felicidad?”. Creo que esa es la primera pregunta que deberíamos hacernos, antes de ponernos a pensar sobre cómo alcanzarla. Muchas personas están convencidas de que la felicidad no existe. O que, en caso de existir, sería una cosa momentánea; que dura muy, pero muy poco. Algunes están convencides de que fueron felices en algún momento, pero que ya no volverán a serlo; otres, tienen la esperanza de que quizás algún día lo serán; lamentablemente, cada vez crece más el número de gente que tiene miedo de no serlo nunca. En los tres casos, la felicidad sería algo escaso, casi al borde de lo imposible. 

La felicidad sería ese momento atípico, que se experimenta en esas situaciones excepcionales e irrepetibles, las que son fuera de lo común. Tal vez por ese motivo, a muches les cuesta creer que todes podamos ser felices al mismo tiempo. Es una conclusión horrible; pero si uno lo piensa, tiene su lógica: si la felicidad es algo tan difícil de conseguir, entonces es imposible que sea “masiva”. Si lo atípico se volviera típico, necesariamente dejaría de ser atípico. La consecuencia inevitable es la competencia: para lograr llegar a la “meta” de la felicidad, muchas otras personas deben quedar en el camino. Si a todo esto, le agregamos la búsqueda del “éxito” (de cualquier tipo: profesional, económico, social, sexual, etcétera), el resultado es un combo explosivo. ¿La peor parte? Que la búsqueda de la felicidad se convierte en una carrera interminable; en un deseo de escalar lo más arriba posible (y de paso, pisotear las cabezas de los demás para subir). Sin ningún techo… y con el riesgo permanente de caer (o de ser derribade).

Hubo un filósofo griego, que vivió en Atenas entre los años 385 y 323 a.C., que me parece que tiene un par de aportes interesantes para hacernos al respecto. Su nombre era Aristóteles. Él decía que los seres humanos nacimos para ser felices… y que podemos serlo. Si nuestras vidas tienen un propósito ya establecido de antemano (o no) es una pregunta filosófica recontra compleja. Aristóteles nos respondería que sí. En sus libros explica cuáles son sus motivos para defender esa idea; pero, obviamente, no nos alcanzaría la nota para meternos ahí. Les propongo que hagamos de cuenta que tiene razón, o mejor dicho, que nos imaginemos “qué pasaría” si lo que él dijo fuese cierto. No sé ustedes, pero a mí (ya de entrada) me parece muchísimo más sano creer que efectivamente todes podemos ser felices… en lugar de creer en esos deseos interminables, que al final no conducen a ningún sitio (o sí: a la destrucción mutua). 

Este pensador ateniense, además, sostuvo que la felicidad no era un sentimiento de placer (o de éxito) sino que era un hábito. Para ser felices, tenemos que elegir siempre el punto medio en cada una de nuestras acciones. Por ejemplo, con la ira: hay que enojarse en el momento justo, de la manera indicada, y con la persona correcta. El “exceso” y el “defecto” (es decir, lo contrario del exceso) no se disfrutan… todo lo contrario: nos hacen mal. 

Trasladémoslo a estos tiempos de pandemia y cuarentena, a ver qué pasa si seguimos su consejo. ¿Nos hace bien llorar? ¿Nos hace bien poner en palabras los motivos de nuestra ansiedad? Totalmente: lo malo sería hacer de cuenta que esa tristeza y ese dolor no existen. Tenemos que encontrar nuestro momento del día para hacerlo; y a las personas apropiadas (profesionales o no) para que nos acompañen. El “punto medio” no es el mismo en todo momento, ni es el mismo para cada persona (esto ya nos lo “advirtió” nuestro filósofo griego). A veces, según el contexto, es preferible estar más cerca de uno de los dos “extremos” (es decir, el exceso y el defecto) que del otro. Hay momentos en los que es mejor llorar mucho; otros, donde es más útil intentar distraerse. A este hábito de elegir el punto medio, Aristóteles lo llamaba “buena vida”. Otra manera de definir la “buena vida” es “ser amigue de une misme”, porque no es otra cosa que decidir qué hábitos me hacen bien; qué hábitos me ayudan a ser dueñe de mis sentimientos. Es algo parecido a lo que hoy llamaríamos “autoestima”. De hecho, Aristóteles mismo decía que quien no se estima a uno mismo, no puede ser ni “uno” ni “sí mismo”. 

Lo más interesante de Aristóteles, es que nos dice que no podemos ser felices si vivimos en una comunidad infeliz. Dicho en otras palabras: es imposible ser realmente felices, si vivimos en una sociedad injusta. No podemos ser amigues de nosotres mismes, si vivimos en una sociedad donde todes estamos enfrentades con todes. No podemos ser dueñes de nosotres mismes, si hay gente que pretende ser dueña de otra. La felicidad del pueblo y la felicidad individual, entonces, se vuelven inseparables. En estos tiempos de Covid-19, esta enseñanza no nos viene nada mal…