Por Nicolás Torres Ressa

 Nuestros tiempos actuales de Covid 19 pueden convertirse en una bisagra para re-pensar nuestra relación con la comida; con el modo en que la producen las grandes multinacionales; para reflexionar sobre en cómo ese modo de producción repercute sobre nuestra salud y sobre el medio ambiente. También puede ser una gran oportunidad para conocer a quiénes son los que producen nuestro alimento, quiénes son los que le dan de comer a la sociedad. Y para construir otros modos alternativos de producir, en los que nuestra relación con el medio ambiente (y hasta con el mismísimo productor alimentario) sea diametralmente diferente a la actual. Desde Diario Ciudad Capital, conversamos con Zulma Molloja, productora hortícola del barrio de Olmos, referente platense de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT). La UTT promueve un cambio de paradigma en la agricultura: la agroecología. 

D.C.C.- ¿Cómo nació la UTT? ¿Cuáles son sus luchas’

Z.M.- Empezamos hace más de diez años, siendo veinte compañeros, productores de verduras y frutas.  Actualmente, acá en La Plata somos entre cinco y siete mil. Y a nivel nacional, entre dieciséis y veinte mil. Nuestro objetivo cambiar el modelo de producción: cambiar la agroquímica por la agroecología y la soberanía alimentaria. 

D.C.C.- ¿Qué es la agroecología? ¿En qué se diferencia de la producción convencional?

Z.M.- Con la producción convencional, muchos compañeros no sólo se quedan sin dinero, por el costo de los agroquímicos; sino que también contraen muchas enfermedades: malformaciones, tumores, cáncer. Entonces, nos pusimos a pensar en la agroecología: volvimos a nuestros antepasados, que cuidaban nuestras semillas nativas; no necesitaban invernaderos, ni una agroquímica que les vendiera las semillas y el veneno; hacían todo “casero”. Decidimos avanzar en esa dirección, pensando en el futuro de nuestros hijos y en el de la población que consume la verdura.  Empezamos a hacer capacitaciones y a formar grupos en cada base, para ejercitar a todos los compañeros. Vino Jairo Restrepo, un compañero reconocido que se dedica a la agroecología, de quien aprendimos muchas cosas. 

Yo trabajaba con patrones. Ellos te daban un pedazo de tierra; vos tenías que plantar, carpir y fumigar de la manera que ellos te decían. Te daban el veneno y te decían: “ponele esto”, “curalo con esto otro”. Con el veneno, no se podía comer la verdura por dos semanas, ni tus hijos podían correr por la parcela. Dejé de trabajar con mi patrón. Con mi familia, alquilamos otra tierra y empezamos a hacer agroecología. Arrancamos haciendo puré de ajo y de ortiguilla; todo natural, sin invertir nada de dinero en químicos, sólo con yuyo y anaquinta. Ahora sí, mis hijos pueden correr por las parcelas. Incluso, yo voy carpiendo, sacando yuyos; a veces agarro una hoja de lechuga o de acelga, y la puedo comer. El sabor, el aroma y el color son diferentes que en la agricultura convencional.

En los feriazos y verdurazos, le explicamos a la gente qué es agroecológico y qué es convencional. Les explicamos que en la agricultura convencional se echan venenos para que puedas sacar una producción en dos semanas, en vez de en un mes. Y que en la agroecológica es todo natural: no echamos nada de químicos, la planta crece toda natural, curamos el suelo con cebolla, ajo, ortiguilla, caldo de ceniza, sulfocálcicos, bokashi. 

D.C.C.- En estos últimos tiempos, ¿ha crecido la concientización con respecto a las ventajas de la agroecología?

Z.M.- Se está avanzando. Incluso, muchos compañeros floricultores perdieron toda su producción por la pandemia. Perdieron muchísimo dinero, porque los precios están dolarizados. Nosotros, como organización, y con el CoTePo, el Consultorio Técnico Popular, los capacitamos para que puedan hacer verduras de forma agroecológica. Les enseñamos cómo plantar, qué medidas echar, cómo curar. 

D.C.C.- ¿Cuáles son las principales dificultades para pasarse de la agricultura convencional a la agroecología? 

Z.M.- Muchos productores quieren cambiar y dedicarse a la agroecología, por su vida y por la de los demás. Pero el tema es la tierra. Si uno no tiene tierra, lamentablemente no puede. Yo del 1 al 10 de cada mes tengo que pagar el alquiler, que son diez mil pesos;  también tengo que pagar la luz, que son veinticinco mil. Tengo que tener para las semillas; por si se rompe el invernadero; por si se te rompen las maderas; por si te entra agua; por si se te inunda. Muchos compañeros no pueden solventar todos esos gastos. Lo que te dicen es que si del 1 al 10 no pagas, viene el patrón y te dice “Bueno, desalojá todo”. No tenemos tierra, sino que la alquilamos a las concesionarias de la zona, que te hacen un contrato de dos a tres años, donde tenés que cumplir todo, como por ejemplo, no pasarte del alquiler. A veces, suben los alquileres cuando quieren. Hay un abogado de la organización que nos está capacitando en lo que son los derechos del productor. Hay muchos compañeros que no saben leer, que les hacen firmar cualquier papel. Tengo cuatro compañeros que les hicieron un contrato de un año, y lamentablemente el dueño les dijo que iba a vender la tierra, y que la tenían que desocupar. Recién habían terminado de armar todo. Tuvieron que sacar todas las maderas y todo el nylon, que ya no te sirve más. Cada nylon está a diez mil pesos, sirve como techo solar para los invernaderos, para que las verduras crezcan más rápido. Muchas firmas inmobiliarias directamente te alquilan de palabra. Y ni siquiera conocés a los dueños.  

 “Si no hay tierra, ¿cómo vamos a producir agroecológico?”, nos dicen muchos compañeros. Por eso, estamos peleando por la Ley de Acceso a la Tierra. En el año 2016 presentamos un proyecto. Queremos pagar créditos blandos, para poder adueñarnos de la tierra y producir con mayor calidad. En Diputados se comprometieron a avanzar, pero todavía no hubo una respuesta. Sí hubo un avance en lo que son las tierras fiscales. En Jáuregui, Luján, ganamos ochenta hectáreas, que estamos trabajando de manera agroecológica. 

Mientras tanto, damos capacitaciones, y muchos compañeros van probando para ir sacando de a poco lo convencional, y metiendo lo agroecológico. También es una triste realidad que se está acabando el espacio verde. Los dueños están parcelando las tierras y las están vendiendo como vivienda. Hay que ir a buscar una tierra pelada y empezar de cero, por eso siempre estamos yendo de un lado al otro, donde no hay escuelas, ni tampoco hay caminos. Muchos hijos se quedan sin estudiar, por la falta de escuelas rurales. Por la falta de caminos, no pasan los micros. Para encontrar tierra pelada, casi más estamos llegando a Punta Indio. 

Zulma Molloja.

D.C.C.- ¿Cómo son las condiciones habitacionales en la vivienda de un productor? 

Z.M.- Si querés construir una vivienda de material, te dejan hacerla, pero queda para el dueño. Por eso las tenemos que hacer de madera o de chapa: porque cuando se termina el contrato, las podemos trasladar a otras partes. Cuando hay inundaciones o incendios, por la madera se pierdan vidas, se queman nuestros hijos, perdemos la producción. Por las chapas, entra mucho frío, te gotea el agua por arriba. Es muy triste vivir en esa situación. No tenemos agua potable, tenemos agua de bomba, de pozo, para regar y para consumir. Con el tema de la luz, a muchos productores les han llegado facturas de cuarenta y cuatro mil pesos, una locura. Con el gas, usamos gas envasado. 

Muchas veces, hemos abierto caminos con tractores y maquinarias. El Estado nunca hizo una calle. Los productores no tenemos ni un número de casa, ni de calle. No llega la señal, ni el wi fi. 

D.C.C.- Claramente, el principal problema es la propiedad de la tierra. El segundo debe ser la comercialización de los alimentos, ¿no? 

Z.M.- Claro. Antes, el camionero venía a la quinta y me decía: “Haceme cien cajones de lechuga”. Yo le vendía a 30 pesos la jaula, que tiene entre ocho y diez kilos; él cargaba todo, y luego me decía: “No tengo la plata ahora, el sábado te traigo la boleta”. Muchas veces, no volvía. Yo le respondía: “No, porque tengo que pagar el alquiler, tengo que comprar semillas”. Nosotros tenemos que esperar casi dos meses, desde que plantas la lechuga hasta que la cortas. Ahora, en invierno, puede tardar como tres. Si el camionero no volvía, había que pedir un crédito al banco para pagar el alquiler. Y nos endeudábamos con el banco, porque nos arrancaba la cabeza con el triple de interés. 

En la organización, un día nos reunimos y dijimos: “Todos los que hacen agroecología le echan para adelante: desde que esa verdura está plantada, ya está comprada”. Hicimos almacenes mayoristas, que pagan un precio justo a los productores por todo lo que haya en la quinta. Ese precio lo renovamos cada seis meses. Con la comercialización justa y directa, hay una ganancia, y se ahorra mucho en venenos. Si usas venenos para plantar tomate o morrón, un litro te cuesta entre dieciséis y veinte mil pesos, y se te termina con dos mochilas. Sin los agroquímicos, esa plata va para el alquiler y para la luz.

D.C.C.- ¿Se está implementando algún protocolo con el traslado de los alimentos?

Z.M.- Con la pandemia, seguimos trabajando. Tenemos mucha demanda de mercadería, pero hoy en día también está el invierno. La lluvia retrasa un montón las cosechas, pero tenemos que seguir trabajando como productores, porque aportamos el 75% de los alimentos. Si nosotros no producimos, el pueblo no come. Bajo el sol, bajo la lluvia, en el barro con nuestros hijos, estamos poniendo el cuerpo y tratando de cuidarnos, tomando todas las medidas. Pero a veces vienen los camiones y no sabemos de dónde vienen, porque no todos nuestros compañeros venden en los almacenes de comercialización. En los almacenes, desinfectamos todo, usamos guantes y barbijo. Hay que tener mucho cuidado con el dinero, porque pasa de mano en mano, hay que cuidarse con alcohol en gel. 

Nos tenemos que acostumbrar a vivir diferente, porque es un cambio total para todos nosotros, para todo el mundo. Es un momento para empezar a pensar en el pequeño productor, en quién produce los alimentos. Y en por qué no se aprovechan los terrenos que tienen los terratenientes, para sembrar verdura. No vamos a vivir solamente de la exportación, de la soja o del transgénico. Nosotros tenemos solamente una hectárea. ¡Imaginate si tuviéramos varias, todo lo que podríamos producir! 

D.C.C.- Pienso también en el actual contexto de pandemia, en el que un gran sector de la sociedad platense se encuentra en emergencia alimentaria. ¡Qué necesario que es producir alimentos para todos! 

Z.M.- Hoy estamos capacitando a comedores, donde se está alimentando a más de cuatrocientas personas. También estamos realizando donaciones. Les estamos enseñando a cocinar, en lo que es la alimentación sana. En algunos casos, los comedores de las escuelas no estaban alimentando bien a nuestros hijos. Por ejemplo, muchas personas tiraban a la basura la hoja de la remolacha, cuando en realidad con eso se puede cocinar una tarta, entre muchas cosas más. Todo se come, no se desperdicia nada, todo tiene nutrientes. Hoy hay que nutrirse con verdura sana, agroecológica. Se pueden hacer pucheros con mucho ajo o con batata. También estamos tratando de hacer bolsones comunitarios, a doscientos pesos el bolsón, con zanahoria, cebolla, papa, acelga, apio y espinaca. También incluyen frutas. Muchos compañeros de los almacenes están haciendo envíos a domicilio. Obviamente, es una tristeza no poder hacer ferias en las plazas, como antes, donde vendíamos todo a diez pesos. 

D.C.C.- La UTT tiene un área de género. ¿Qué actividades está llevando a cabo actualmente? 

Z.M.- Hay mamás que no tienen con quien dejar a sus hijos. Muchas veces, cuando ellos se quedan solos, hay cortocircuitos e incendios. Hace poco, dos mellizas murieron calcinadas dentro de la vivienda, mientras la mamá había salido a trabajar. Pensando en esos hijos y en esas mamás, hicimos un jardín comunitario, donde hacemos comida agroecológica. Les enseñamos a comer, hacemos licuados, hacemos tartas de verdura. Hay más de cuarenta chicos, hijos de las mamás productoras. Ayudamos a las compañeras que son golpeadas y violadas; también a los niños que son abusados por sus familiares o por sus vecinos: hay muchos casos así en nuestra zona. Hemos dado capacitaciones en facultades, estamos haciendo acompañamientos, les enseñamos a las compañeras dónde denunciar. La semana que viene vamos a empezar con la construcción de la Casita de la Mujer, para que cuando una compañera sea echada a la calle, tengamos donde llevarla. 

D.C.C.- ¿Se encuentran trabajando en conjunto con el INTA?

Z.M.- El INTA no hace nada de acuerdo con lo que nosotros hacemos. A veces, nos mandan un ingeniero agrónomo a darnos clases, a decirnos cómo echar químicos y semillas de colores… y nosotros terminamos enseñándoles a ellos sobre agroecología y sobre semillas madres, las que guardan fruto y pueden volver a nacer. Se iban conmovidos. 

D.C.C.- Creo que esta es una oportunidad muy importante para la agroecología: el coronavirus surgió como resultado de las condiciones en las que se preparan los alimentos. 

Z.M.- Totalmente.  Y con la agroecología, también empezamos a conocer las plantas medicinales. Cuando vamos a la farmacia, muchas veces envenenamos nuestro cuerpo con los medicamentos de Bayer. Nuestros antepasados y abuelos trataban enfermedades con té de orégano, de manzanilla, de perejil, de apio, de coca. Hoy día, las multinacionales quieren que nos enfermemos más.