Por Nicolás Torres Ressa, Prof. de Filosofía (UNLP)

Joaco querido, tanto tiempo – empieza diciendo Rodrigo, que (como siempre) acaba de volver de hacer las compras.

– ¿Cómo andan? – saluda Joaquín a sus amigos, quienes lo observan a través de las pantallas de sus celulares, cada uno con su respectivo mate en la mano. Ya son las siete de la tarde del sábado 4 de julio del 2020: eso quiere decir que ya empezó la acostumbrada videollamada de los sábados de cuarentena. 

– ¿Qué hacés, amigo? – le devuelve el saludo Martín -. ¿Hacía cuánto que no sabíamos nada de vos? ¿Como dos semanas, no? ¿Dónde te metiste? 

– Dos semanas, exactamente – confirma Joaquín -. Anduve reuniéndome mucho por Zoom con mi directora y con mi codirector de tesis. Estamos viendo, a ver si hay alguna posibilidad de incorporarme como becario a un proyecto de investigación del INTA. 

Estos últimos días no fueron precisamente los más tranquilos para él. Durante la segunda mitad del mes de junio, Joaquín no tuvo casi nada de tiempo libre: Prácticamente, sus horas se consumieron en la elaboración de guiones de entrevistas a organizaciones de productores hortícolas de la Ciudad. La redacción de su tesina también le demandó una cantidad bastante considerable de tiempo: más de la que hubiera deseado. Durante quince días consecutivos, su respuesta a la pregunta “¿Cómo estás?” fue, simplemente, “detonado”. Sin embargo, a pesar de las frecuentes subas y bajas en su estado de ánimo, se considera a sí mismo un afortunado: en primer lugar, porque la cuarentena lo encontró trabajando, lo cual, en sus propias palabras, “ya es mucho”; y en segundo lugar, porque está cada vez más cerca de obtener su tan ansiado título de posgrado: la Maestría en Protección Vegetal, la carrera que eligió estudiar en la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la UNLP. La relación con Fernando (su hermano y compañero de departamento) es pacífica, en la medida de lo posible; a pesar de las múltiples oportunidades de conflicto que supone un encierro de más de cien días seguidos. 

– ¿Cómo es eso, amigo? – inquiere Rodrigo -. ¿Qué es el INTA? 

– ¡Se los conté la vez pasada, Rodri! – replica Joaquín. No está enojado en lo más mínimo: de lo que menos habla con sus amigos, es sobre su carrera. “En algún momento, tengo que distraerme”, se repite siempre a sí mismo, en uno de sus tantos intentos de “equilibrar” su vida privada con su vida profesional, “seré ingeniero agrónomo, pero ante todo, soy una persona” -. Es el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. Es un organismo estatal de investigación, dependiente del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca. Su objetivo es buscar nuevas y mejores formas de desempeñar la actividad económica de la agricultura. A lo mejor no tiene tanta prensa como otras instituciones, como por ejemplo el CONICET, ja, ja – añade, con sorna. 

– ¡Uh, ni me hables del CONICET! – responde Rodrigo -. Tengo que presentar mi plan de beca. Ojalá este año me salga. 

– Vas a ver que sí, Rodri – lo arenga Joaquín. 

– ¡Mucha suerte con eso, señor historiador! – agrega Martín, entre risas.

– Me interesa lo del INTA, Joaco – dice Rodrigo -. Una de las críticas constructivas que siempre le hago al CONICET, es que le faltó estar más alineado con un modelo de desarrollo industrial. Incluso, durante los doce años de kirchnerismo. 

– Primero había que volver a financiarlo, amigo – objeta Martín -. Veníamos de los noventa y la crisis del 2001. 

– Completamente, Martín, eso no lo discuto ni ahí. Y la cantidad de investigadores creció como nunca… pero faltó un pasito más. Aunque, bueno, después el macrismo dio marcha atrás con todo. ¿Y con el INTA qué onda, Joaco?

– Y, mirá… – empieza Joaquín, un poco titubeante: son temas que lo apasionan, nunca sabe bien por dónde arrancar -. Yo no estoy de acuerdo con el modelo agroindustrial que, en líneas generales, promueve el INTA. En la facu, participo de un equipo de investigadores, en el que mis profes trabajan en el Instituto de Investigación y Desarrollo Tecnológico para la Pequeña Agricultura Familiar, también conocido como IPAF. El IPAF está dentro de la órbita del INTA, pero es como si fuera un grupo minoritario, porque propone un modelo alternativo: la agroecología. 

– Tiene algo que ver con el cuidado del medio ambiente, ¿no? – pregunta Rodrigo, interesado. 

– Con el medio ambiente… y también, la salud – completa Joaquín -. Estamos en contra, por ejemplo, del uso de semillas transgénicas de soja… y de herbicidas como el glifosato, o insecticidas como el endulsofán.  Es tremenda la cantidad de hectáreas en nuestro país que se destinan al cultivo de la soja. Se convirtió en lo que se le llama “monocultivo”, es decir, en un cultivo único. 

– No entiendo bien eso del glifosato, Joaco. ¿Hace tanto daño? 

– Completamente, Rodri. Provoca un montón de problemas de salud: cáncer de riñón, de páncreas, de cerebro; leucemia, que también es un cáncer, pero de la sangre; insuficiencias respiratorias; pibes que nacen con los riñones envejecidos, o con los genitales atrofiados; deformidades en los brazos, manos y pies; abortos espontáneos; problemas mentales. En Saladillo, mi pueblo, los aviones fumigadores largan el veneno encima de la gente, como si fuéramos insectos. Y así, en muchísimos otros puntos del país. ¡Muchísimos! Y el endulsofán es tan cancerígeno, que la mismísima Bayer, es decir, el propio laboratorio que lo creó, lo retiró de algunas zonas donde había causado estragos. 

– ¡Tremendo, Joaquín! ¿Ningún gobierno hizo nada al respecto?

– Todo lo contrario, Martín. Con decirte que Lino Barañao, que fue ministro de Ciencia y Tecnología durante el kirchnerismo y el macrismo, se cansó de “asegurar” que el glifosato no causaba ningún daño. Hubo un científico del CONICET llamado Andrés Carrasco, que luchó toda su vida contra este veneno: perdió todos sus cargos.

– ¡Increíble! – exclama Rodrigo -. ¿Y por qué hay tanto boom de la soja? ¿Por qué se habla tanto de ella? Nunca entendí por qué es tan importante. ¡Si los argentinos casi no la consumimos! 

– La historia empieza con la autoproclamada “Revolución Verde” – cuenta Joaquín -. Más precisamente, en la India. Después de las dos guerras mundiales, ese país pasó por una serie de hambrunas espantosas. Ahí fue cuando el presidente estadounidense Lyndon Johnson, junto con el Banco Mundial, decidieron darles su “ayuda”, digamos: les vendieron semillas de trigo y arroz, diseñadas por un laboratorio para que crezcan más rápido de lo normal. Eran las famosas “semillas híbridas”. El resultado fue un récord de las cosechas. Las semillas formaban parte de un combo, que incluía herbicidas y fungicidas, para matar hongos y malezas. Después del “éxito” en la India, la Revolución Verde se expandió por el mundo. Más tarde, surgieron los transgénicos, que son semillas con el ADN cambiado. La soja transgénica tiene una secuencia de ADN propia, que pertenece a la empresa Monsanto.

– ¿Una empresa puede patentar un ADN? –  pregunta Martín, asombrado. 

– Sí, lo puede hacer. Aunque en el 2010, nuestro país le ganó un juicio a Monsanto ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, para poder vender al extranjero harina de soja transgénica, sin pagarles regalías a ellos. Tengamos en cuenta que la Argentina es el segundo mayor exportador mundial de harina de soja. Aún así, a pesar de haber ganado ese juicio, somos muy, pero muy dependientes de Monsanto. La “gracia” de la soja transgénica es que está “programada” para que sea resistente al glifosato. Ese veneno se rocía sobre los campos… y lo único que crezca sea justamente esa soja. Mata todo lo demás. Incluso, mata al suelo: al cabo de un tiempo, se vuelve totalmente estéril. ¡Adiviná quién nos vende el glifosato!

– Claro, un negocio redondo – concluye Rodrigo -. ¿Y las semillas transgénicas tienen como principal función que el cultivo se desarrolle más rápido, no? 

– Exactamente. Y la soja tiene el plus de que ya, de por sí, puede sembrarse prácticamente en cualquier suelo. El negocio de la soja cotiza en dólares, porque se exporta. Y muchísimos sectores de nuestra propia economía están íntimamente relacionados con ella. A las vacas de los feed lots y a los pollos de las granjas industriales, se les da de comer soja. ¿Alguna vez probaron milanesa de soja? ¿No la encontraron ligeramente similar a las de carne y pollo? Ahí está la explicación: cuando comemos carne o pollo, también comemos soja. Estas últimas semanas se estuvo hablando mucho de la expropiación de Vicentín. Uno de los múltiples negocios de Vicentín es la producción de biodiesel, un combustible vegetal; es decir, una fuente de energía. Un motor de un tractor agrícola se mueve con biodiesel. Como materia prima para elaborar ese combustible, se utiliza la soja. Además, la soja es un commodity.

– ¿Qué significa eso, Joaco

– Los commodities son materias primas, que sirven para producir muchísimos productos y servicios. Los granos, como por ejemplo los de soja, trigo o maíz, son commodities. También lo son el algodón, el petróleo, el gas natural, el aluminio, o la carne, por ejemplo. 

– Ahí va. 

– Y los commodities también cotizan en dólares en la bolsa de valores. Invertir en soja siempre es un negocio jugoso, por cualquier lado desde donde se lo mire. Y es una obsesión para los grandes productores agropecuarios: las vacas fueron expulsadas de los campos de nuestras pampas, y fueron encerradas en los feed lots, es decir, en los centros de engorde, donde viven todas amontonadas. O peor: se llevó la ganadería a provincias como el Chaco,  donde las vacas pastan en suelos de bosque, que no van a poder regenerarse. Y donde, además, se talan árboles, se pierde biodiversidad y se daña el ecosistema, a lo pavote

– Alguna vez había escuchado que las condiciones en las que se elabora nuestra carne no son precisamente las mejores – lo interrumpe Martín -. A los animales se les da hormonas y antibióticos, que pueden terminar siendo contraproducentes, porque los virus y las bacterias, que viven dentro de ellos, pueden volverse más resistentes… y pasar de los animales, a los humanos. Y eso tiene un potencial pandémico increíble. 

– Totalmente, amigo – afirma Joaquín -. Por eso yo siempre digo que, ahora que estamos con la pandemia del coronavirus, la pregunta indicada no es por qué pasó esto. La pregunta es, en realidad, por qué no pasó antes… con algún otro virus o con alguna otra bacteria. Porque hace años que vivimos bajo ese riesgo. Hoy, la carne está tan modificada, que no sé hasta qué punto podemos seguir llamándola “carne”. Me hace reír un montón la gente que señala a los vegetarianos y veganos como “bichos raros”: ¡si supieran que ellos probablemente tampoco comieron nunca carne de verdad! A menos que hayan probado carne orgánica, que cuesta un ojo de la cara: no es la que se vende en la mayoría de las carnicerías y parrillas. Y te digo algo más: con las cosas que comemos todos los días, entran tantos venenos, virus y bacterias… que a la larga terminan modificando nuestras propias cadenas de ADN. Tenemos el ADN tan cambiado, que a veces también me pregunto: ¿seguiremos siendo seres humanos todavía? ¿O ya nos convertimos en otra cosa? Sí, suena muy loco decirlo así. Y lo es…

– Pero tiene todo el sentido del mundo – dice Rodrigo -. Guau, nunca en mi vida lo pensé. O sea que podemos decir que la industria alimentaria nos convirtió en mutantes. ¿Antes no era así, no?

– Hace treinta o cuarenta años, nada que ver – confirma Joaquín -. La carne y los vegetales se preparaban de otra forma.  

– ¿O sea que uno no zafa de esto, ni siquiera siendo vegano o vegetariano? 

– ¡Claro! Porque para las verduras y las frutas, también se utilizan agrotóxicos. Podés comer sólo verduras… y así y todo, no estar comiendo en lo más mínimo de una manera saludable. Te doy uno de los ejemplos más grosos: muchos de nuestros productores usan como plaguicida el metamidofós, para sembrar acelga y espinaca. El metamidofós es tan tóxico, que está prohibido en la mayoría de los países del mundo. En los estudios científicos, se tiene que usar en cantidades muy pequeñas. 

– ¿Y por qué no está prohibido acá? ¿Hay alguna ley al respecto?

– Ninguna ley, Martín. Lo único que hay es una resolución, la Resolución 350 del año 1999, dictada por el SeNaSa; el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria, que depende del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca… igual que el INTA. Como abogado, sabés que una resolución no tiene rango de ley. En la Resolución 350, dice que los químicos permitidos son los que están por debajo de la “Dosis Letal 50”. La Dosis Letal 50 es la cantidad de veneno necesaria para matar al cincuenta por ciento de las ratas de un laboratorio. 

– O sea que los aviones fumigadores tratan a la gente como bichos… y la resolución del SeNaSa, como ratas – espeta Martín.

– Podría decirse. Lo peor es que esa normativa no tiene en cuenta las dosis subletales, es decir, las que no matan… pero nos producen enfermedades crónicas, o causan mutaciones en nuestro ADN. Todavía no tenemos ninguna ley que regule adecuadamente el uso de agroquímicos. Pero, por suerte, hay cada vez una mayor concientización. Muchos productores se están pasando a la agroecología, a sembrar sin venenos. Hay productores que han formado organizaciones, como por ejemplo, la Unión de los Trabajadores de la Tierra, que dan charlas y capacitaciones; donan frutas y verduras a comedores; y venden bolsones orgánicos. El IPAF también ha organizado charlas sobre buenas prácticas agrícolas, en el Parque Pereyra Iraola. 

– Es urgente que los productores cambien su manera de trabajar.

– No es fácil, Rodri – objeta Martín -. Yo crecí toda la vida en Barrio Aeropuerto. Conozco a muchos quinteros que trabajan en condiciones infrahumanas. Y a decir verdad, son la gran mayoría. Joaco, vos también conocés del tema, vas a estar de acuerdo conmigo. 

– Coincido completamente – confirma Joaquín -. Y uno de los principales problemas, si no es el principal de todos… es la no-propiedad de la tierra.

– ¿Cómo es eso? – inquiere Rodrigo.

– La mayoría de los productores de flores, frutas y verduras, no trabajan en una tierra propia – asevera Joaquín -. La alquilan a sus propietarios, mediante contratos de arrendamiento que, en el mejor de los casos, son de tres años. 

– Y a veces, los propietarios ni siquiera respetan ese plazo.

– Completamente, Martín. Si les conviene usar esa tierra para otro negocio, no te preocupes, que le van a encontrar la vuelta para sacarte antes del plazo establecido. ¡Y mejor ni hablemos de renovar el contrato! Tampoco te cuento de los casos que las inmobiliarias se aprovechan de que muchos productores no saben leer, y les hacen firmar contratos sumamente desfavorables. O que les hacen contratos de palabra, sin ningún tipo de respaldo legal. Hay una matufia tremenda ahí. 

– ¡Indignante! – sentencia Rodrigo. 

– Imaginate ese panorama, amigo: estás trabajando en una tierra que no es tuya, en la que vas a estar viviendo tres años, sólo en el mejor de los casos, si se te alinean todos los planetas. Yo soy muy manija con los significados de las palabras: el término “propiedad” viene de “propio”. No tener la propiedad del lugar en el que vivís significa que ese lugar donde transcurre prácticamente el cincuenta por ciento de tu vida, no es propio, no es tuyo: le pertenece a otro. Tu destino depende de otra persona: de su deseo de que sigas, o no, viviendo ahí. Los que habitamos el casco urbano, o los que vivimos en edificios, también sabemos mucho de eso. Con Fernando, sufrimos todos los meses por el alquiler. Desde que llegamos a La Plata en el 2008, nos tuvimos que mudar tres veces, a tres departamentos distintos. Y no es algo que nos pase solamente a nosotros dos, que somos dos pibes del Interior que se vinieron a estudiar: lo sufre gente más grande, lo sufren las familias. ¿Quién puede acceder a una vivienda propia hoy día? 

– Justo el otro sábado estábamos charlando de eso – responde Rodrigo -. Hoy, imposible. La tierra y la vivienda pasaron de ser necesidades básicas indispensables, a convertirse en negocios millonarios, que mueven una inmensa cantidad de dólares. ¡Igual que la soja, ya que estamos!  

– Ahí está el tema. Y ahora, traslada todo lo que dijimos a una tierra que se trabaja para algo tan fundamental como lo es darnos de comer. Si los productores fueran dueños de sus tierras, las conocerían mejor que nadie, conocerían todos los medios naturales para cultivarla. Ese conocimiento se lo transmitirían a los hijos. Y los hijos, a los nietos. Sería una tierra con historia. Hoy, la inmensa mayoría de nuestros productores viven en tierras sin historia, con casas hechas de madera, chapa o plástico, que pueden incendiarse fácilmente en cualquier momento. Con gas envasado… muchas veces, tienen que recorrer entre cinco y quince kilómetros de distancia, para conseguir una garrafa, que ni siquiera alcanza para calefaccionar tu hogar. Para eso, tendrían que comprar una cada cinco días. En este invierno, están pasando un frío que ni te cuento. 

– ¡Vergonzoso!

– Y además, Rodri, sin acceso a la red de agua potable: en términos generales, el veinte por ciento de los hogares platenses no están conectados a la red cloacal. ¡Algo tan básico como el agua! Más todavía si tenés que sembrar. Tienen que utilizar bombas. Muchos barrios, como por ejemplo en El Pato, o en la zona del Parque Pereyra Iraola, en su gran mayoría tienen problemas de electricidad, o directamente electricidad. Fueron sectores muy castigados en los últimos años, con los tarifazos. Casas que no tienen número, calles que no existen. ¡Y para colmo, tampoco pueden elegir cómo trabajar sus terrenos! Los mismos propietarios los obligan a emplear los venenos de Monsanto… que para colmo, los tienen que comprar con su propia plata

– Y eso agreguémosle, Joaco, que el cinturón flori fruti hortícola platense es el más antiguo de la Provincia de Buenos Aires. Son problemas que debieron haberse solucionado, como mínimo, hace cien años. 

– Lo que pasa es que, de la dictadura en adelante, hubo un cambio total en la fisonomía de ese cinturón. En la década del setenta, el negocio inmobiliario no era, ni por asomo, el monstruo que es hoy. Incluso, había proyectos de ley para limitar el número de hectáreas por propietario. Con los militares, todo eso se cortó. A partir de la década del ochenta, los propietarios empezaron a poner en alquiler sus tierras. Al mismo tiempo, hubo un gran proceso inmigratorio desde Bolivia. Muchas personas vinieron en busca de trabajo; y fueron, justamente, las que empezaron a laburar la tierra de los propietarios. Muchos de estos últimos, dicho sea de paso, eran inmigrantes italianos, holandeses y alemanes, que a lo largo del siglo veinte habían podido acceder a las tierras a lo largo del siglo veinte, porque hubo políticas públicas que acompañaron. Cada vez que algún salame tiene el tupé de insultar a nuestros hermanos bolivianos, me da una rabia tremenda. ¡El noventa por ciento de los productores hortícolas de nuestra Ciudad, lo son! ¡Son los que nos dan de comer, los que viven en condiciones que… deplorables es poco! Y a eso, sumale otra cosa: en la cadena productiva que arranca con el productor, sigue con el mayorista, y termina en el comercio minorista o en el supermercado; en esa cadena, el porcentaje de ganancia con el que se queda el productor es muy poco. Por eso, algo muy genial que tienen organizaciones como la Unión de Trabajadores de la Tierra, son las ferias de productores, los verdurazos. ¡Ahí, se encuentran productores y consumidores, cara a cara, sin intermediarios! ¡Podés conocer a la persona que prepara la comida que está en tu mesa! 

Rodrigo y Martín escuchan a su amigo con muchísimo interés… y también, con algo de sorpresa: Joaquín es una persona que por lo general tiene un perfil bajo, que siempre está tranquila. ¡Les parece muy raro oírlo hablar tan enérgicamente, con tanta pasión! Y también, con tanta sana indignación.

– ¿Cómo se podría solucionar todo esto, amigo? – pregunta Rodrigo. 

– Necesitamos urgentemente que se me implementen políticas de ordenamiento territorial. Que haya zonas intocables, por lo menos, durante cincuenta años; que un intendente no pueda sacar un decreto que habilite la construcción de barrios cerrados en esos territorios. Y una ley que promueva el acceso a la tierra, mediante créditos blandos, con un interés bajo. La Unión de Trabajadores de la Tierra presentó un proyecto en 2016, en Diputados; hasta ahora, no se la trató. ¡No como la estafa que fueron los créditos UVA! Y que desde el Estado nacional y desde el INTA se promuevan las buenas prácticas agrícolas, que garanticen la soberanía alimentaria. Ojalá podamos usar Vicentín para cambiar ese paradigma sojero, de agroquímicos que matan. Pero necesitamos políticas públicas, para que esto no sea sólo una cuestión de ambientalismo. Hay que cuidar el medio ambiente, la salud… y garantizar laburo. ¡Todo junto! Desarrollo sostenible, en resumen. Bueno, ahora mejor cambiemos de tema, chicos. 

Los tres ríen. Cinco minutos después, la conversación fluye por otros lugares completamente distintos, como pasa en toda charla de amigos. “De vez en cuando, es lindo compartir con los demás lo que uno hace”, piensa Joaquín para sus adentros. “Y no sólo eso: hay conocimientos que necesitan ser socializados, que no se queden en un grupo chiquitito”, remata.