Por Nicolás Torres Ressa, Prof. de Filosofía (UNLP)

Sábado 27 de junio. Ya son las seis de la tarde; está atardeciendo, el cielo luce púrpura, están desapareciendo los últimos rayos de sol. Rodrigo está caminando por la calle 44. Cada segundo que pasa, es para él una pequeña liberación, un pequeñísimo respiro de aire puro; va caminando mucho más lento de lo habitual: quiere disfrutar esta salida, por más que sean tan sólo dos cuadras de recorrido. Cien días atrás, no se hubiera imaginado ni de casualidad que ir al supermercado a hacer las compras podía llegar a ser una ocasión de disfrute. Hace cien días, cuando la cuarentena recién arrancaba, tampoco habría sido capaz de imaginarse muchísimas otras cosas más; para empezar, que era perfectamente posible quedarse encerrado en casa durante un periodo tan prolongado de tiempo (y moverse una vez por finde, dentro de un radio reducidísimo). Hace mucho frío: el invierno llegó con todo; por la mañana, los noticieros hablaban de ola polar. Rodrigo está a una cuadra de llegar, tiene las manos en los bolsillos. Detiene la mirada en lugares que antes le pasaban inadvertidos: observa en detalle la fila de edificios que se extiende a ambos lados de la avenida. Gigantes de acero, cemento y hormigón; repletos de departamentos, con gente que, sin lugar a dudas, se encuentra en este mismo momento allí dentro. “Qué raro que es vivir en un edificio”, se pone a divagar, mientras cruza la calle y se da cuenta que lo espera una larga fila, “por más que vivas solo, estás acompañado, aunque a lo mejor no conozcas ni a una sola de las otras personas que viven ahí”. 

Tiempo atrás hubiera sido un fastidio, pero hoy por hoy, hacer la fila le parece una actividad placentera. Y ni habar de interactuar, aunque sea fugazmente, con la gente del barrio. Un breve saludo, un “permiso”, un “gracias”. Rodrigo piensa que quizás suene exagerado decirlo, pero por dentro está pensando en algo que se dio cuenta hace poco: todas las semanas está esperando que llegue el sábado, para ir al supermercado. Por más anormal que sea el paisaje: personas con barbijo, separadas a dos metros de distancia, esperando pacientemente entrar a un local semivacío. Cuando le llega el turno de entrar, se dirige inmediatamente a la parte donde están los rollos de cocina; luego, va por unos fideos y un aceite; vino, soda, un paquete de galletitas y dos latas de cerveza.. Poco menos de trescientos pesos. Rodrigo emprende la vuelta a casa, mientras vuelve a mirar los edificios a su alrededor. Finalmente, llega al suyo. Ya son las siete de la tarde: hora de la videollamada. A las siete y dos minutos, lo llama Martín.

– ¡Hola Rodri! – lo saluda su amigo -. ¿Cómo estás? 

– ¡Hola Martín! – le devuelve el saludo Rodrigo -. Acá andamos, todo más o menos bien. ¿Vos? 

Martín y Rodrigo se ponen a hablar más o menos durante media hora, acerca de los últimos sucesos de la semana. El papá de Martín había recibido la camisa que le había regalado su hijo para el Día del Padre (por suerte, al final Martín le había embocado con el talle): le encantó. Su novia, Lucrecia, había rendido virtualmente un parcial, y había aprobado con un ocho… aunque quedó un poco descontenta con su nota. A Joaquín se le complica conectarse hoy, porque tiene que estudiar para un final. Como en toda conversación de amigos, llega el momento en que cada uno habla de sus respectivos problemas y preocupaciones.

– Lo adoro a mi viejo – empieza a decir Rodrigo, mientras Martín lo escucha atentamente, tomando unos mates -. Pero hay veces que no aguanto más: me gustaría irme a vivir solo. Discutimos un montón, tenemos un millón de diferencias. Pero ahora, es imposible. No tengo ni ahí la plata para vivir solo. 

– No es fácil, amigo – le contesta Martín -. Yo estoy viviendo acá con Lucre, porque esta casa era de mi abuela. Legalmente, le pertenece a mis viejos. Si la hubieran querido vender, o poner en alquiler, yo seguiría viviendo en Barrio Aeropuerto con ellos.

– ¿Por qué será que es tan caro tener una vivienda propia? – pregunta Rodrigo. 

– Y… hay varios factores. Uno de los principales, es que los valores de los inmuebles están tasados en dólares. Tiene que ver con una cuestión que es, al mismo tiempo, cultural e histórica: falta de confianza en nuestra propia moneda – se pone a reflexionar Martín -. Imaginate que, de un día para el otro, nuestros sueldos aumentan… no sé, el doble. A lo mejor, tendríamos más chances de adquirir un inmueble, pero todavía quedaría sin resolverse el problema de fondo, que es la dependencia que tenemos con el dólar. El valor de una casa sube en dólares, pero nuestro sueldo sube en pesos. Hay una distancia entre una moneda y la otra, que no se termina de cerrar nunca. Y cuando hay una devaluación, es decir, cuando para lograr el equivalente a un dólar se necesitan más pesos, esa distancia se agranda más. ¡Fijate lo que pasó con los créditos UVA

– ¿Un inmueble es una casa, no? –  Rodrigo suele ser muy incisivo con las palabras que no conoce: no soporta ignorar su significado.

– Puede ser una casa, un departamento, un edificio; o un terreno, o un lote, o sea, una parte de un terreno – explica Martín -. También se los llama “bienes raíces”, porque están relacionados con el suelo.

–  ¿Entonces un terreno también cuenta como inmueble? ¿Por más que no tenga nada encima, digamos? 

– Exactamente, amigo. Podés comprar un terreno para construir tu casa ahí, por ejemplo. 

– Claro, sí. ¡Ahora que lo pienso, suena muy obvio, ja, ja! Pero es como que lo veo como algo… muy lejano. No me veo haciéndolo. Toda la vida viví en departamentos, por eso me parece raro eso de comprar un terreno y empezar de cero.

– Te entiendo, Rodri. Y tiene mucho sentido: en estas últimas décadas, hubo un boom en la construcción de edificios en nuestra Ciudad. Uno de los primeros fue el América, el que queda en la esquina de 7 y 50. ¿Lo ubicas? 

– ¡Lo ubico! – exclama Rodrigo -. Me acuerdo de varios festejos ahí – añade con sorna: él (tripero de ley) y Martín (pincharrata hasta la médula) suelen chicanearse constantemente por cuestiones futbolísticas. 

– Voy a hacer de cuenta que no escuché eso, no te la voy a seguir – le advierte su amigo -. Ese edificio se inauguró en la década del ’60: era conocido como el rascacielos platense. 

– Guau, esa no la sabía. Y a partir de ahí, continuaron construyéndose en distintos barrios, ¿no? Acá en La Loma, hace un par de décadas no había casi ninguno. Y todo eso… ¿quién lo hace? 

– Ahí es donde entran las empresas inmobiliarias. Algunas se dedican a la construcción: tienen arquitectos, ingenieros, maestros mayores de obras, y albañiles trabajando para ellos. Otras, se dedican directamente a la compra y venta de bienes raíces. 

– Va a sonar muy loco lo que voy a decir, Martín, pero… nunca me puse a pensar quién es el que hizo el edificio desde donde estoy ahora hablándote, donde transcurre gran parte de mi vida. Son esas cosas que están ahí y que en ningún momento me pregunté de dónde salieron, digamos. Hay empresas que construyen casas y edificios, claro. ¿Y hay otras que fabrican los materiales para hacerlas, no? 

– Sí: hay madereras, fábricas de ladrillos, de cemento, de hormigón, de aluminio… y también hay casos de mega empresas, que construyen y a su vez producen los materiales, como por ejemplo, el Grupo Techint, que se dedica a la construcción y, al mismo tiempo, también es dueño de Ternium, una empresa productora de acero. Tienen una planta siderúrgica acá nomás, en Ensenada, donde fabrican aceros laminados, que se utilizan para muchas cosas: desde puertas, ventanas, rejas y vigas; hasta tornillos y tuercas. También se pueden usar para hacer luminarias… e incluso para motores de autos. 

Últimamente la he escuchado nombrar seguido a Techint. ¿Fue la que estuvo envuelta en la polémica por haber despedido a sus empleados, ni bien arrancó la cuarentena, no? 

– Esa misma. La relación que tenemos con esa multinacional italiana, y con su presidente, Paolo Rocca, es compleja. En los años ’90, el Estado argentino les vendió Somisa, la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina. Era una empresa ochenta por ciento estatal, veinte por ciento privada. La idea fue del General Manuel Savio, durante la primera presidencia de Perón; se puso en funcionamiento varios años después, con Frondizi. Tres décadas más tarde, pasó a ser una de las tantas privatizaciones del menemismo. Se quedaron con una empresa nuestra, digamos. Ojalá algún día la podamos volver a estatizar, para que todas esas ganancias queden en el país. Mientras tanto, hay que seguir negociando con ellos: ¿viste que el jueves pasado Alberto participó, por videoconferencia, en la inauguración de una central termoeléctrica en Marcos Paz? 

– Creo que algo vi. ¿La de Pampa Energia

– ¡Exacto! Bueno, fue Techint la que la construyó.

– O sea que una empresa extranjera construyó una planta generadora de energía eléctrica, perteneciente a una empresa nacional. Podría decirse que usamos a Techint a favor nuestro, ¿no? Generar energía propia es indispensable para ejercer la soberanía. 

– Claramente, Rodri: hay que aprovechar todas las oportunidades que tengamos, para apuntalar la industria propia. Lo que sí, va a ser fundamental, para un futuro, tener una gran industria constructora que sea nacional. Y tener varias empresas argentinas productoras de acero y aluminio. Una vez escuché que a la construcción le dicen “la madre de industrias”, porque produce la infraestructura necesaria para que funcionen todas las demás áreas de nuestra economía. 

– Fijate que hace un rato estábamos hablando de las casas y los edificios y luego nos fuimos hasta una planta generadora de energía. Es tremendo todo lo que abarca la construcción. Me imagino… no sé, caminos, autopistas, gasoductos, hidrovías. Para todo eso, se hacen licitaciones, ¿no? Me puse a pensar en la tierra, o mejor dicho, en los terrenos. Hay veces que el Estado cede terrenos a empresas, para que se hagan cargo de su urbanización, ¿no? 

– Sí. Y también hay casos que esas empresas son estatales, como pasó, por ejemplo, con el barrio de Puerto Madero, en Capital Federal. Aunque ese es todo un caso para analizarlo…

– ¿Cómo fue, Martin? 

– A principios de los noventa, el Estado nacional y el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires crearon una empresa, la Corporación Antiguo Puerto Madero Sociedad Anónima. Es una empresa inter-estatal, porque pertenece a Nación y a Capital Federal, cincuenta y cincuenta. Se hizo cargo de las ciento setenta hectáreas que conforman ese barrio, y las licitó: buscó empresas que construyeran edificios, centros comerciales, restaurants… y todo lo que ya conocemos que hay ahí.

– ¿Y por qué decís que es un caso para analizarlo, amigo?

– Porque pienso que a lo mejor se podría hacer algo parecido con el Puerto La Plata, pero tenemos que pensarla bien: por ejemplo, si queremos armar un complejo gastronómico, que sea con productos nuestros. Todo lo que se construya tiene que estar en armonía con muchos otros factores. Por ejemplo, con la red cloacal existente hasta el momento, para que no se produzca un desborde. O no construir en zonas inundables. Y no pasar por encima de otras actividades económicas, como está pasando con el decreto que sacó el intendente el año pasado, que habilita a que se puedan comprar lotes de tierra en el barrio de mis viejos, para los negocios inmobiliarios. Mi barrio forma parte del cordón flori-fruti-hortícola, que últimamente viene siendo muy castigado… 

– Es importante construir, genera laburo, genera desarrollo, pero hay que ver qué se construye y para qué – sentencia Rodrigo -.  Y volviendo un poco al boom de los edificios… es como que hay varios factores también detrás, ¿no? Primero, que tenemos cada vez más habitantes en la Ciudad: ya estamos llegando al millón. Segundo, la cantidad de guita que mueve construirlos. Tercero, que el precio de los terrenos esté dolarizado.

– Lo tercero es fundamental, amigo. 

– Bueno, hasta que se resuelva esto, habrá que ver cómo hago para que la convivencia con mi viejo sea pacífica, ja, ja. Martín, me tengo que ir yendo. ¡Qué lástima que Joaquín no nos acompañó esta vez! 

– Me dijo que para el sábado que viene va a volver a estar, sin falta. ¡Nos vemos, Rodri!