Por Nicolás Torres Ressa

Con la cuarentena recién empezada (y con una sociedad en shock) Federico Lamas (28) se vio involucrado en un insólito escándalo mediático, que lo colocó en el centro de todos los comentarios en las redes sociales y en el prime time televisivo. Alrededor de su persona, se construyó una imagen de todo lo que no había que hacer: el “surfer que se fugó a la Costa”, el “inconsciente que llegó a la Argentina desde Brasil”, el “anti-cuarentena”. En diálogo con Diario Ciudad Capital, Llamas nos cuenta su historia. Esta entrevista constituye un llamado de atención para nosotros, los trabajadores de la comunicación: si no actuamos responsablemente, podemos causar un daño muy profundo al otro. 

D.C.C.- ¿Qué día ocurrió el episodio en la Ruta Panamericana? 

F.LL.- Fue el martes 24 de marzo. El lunes 23, a las ocho y media de la noche, había pasado frontera. A las tres de la tarde, ya estaba en Panamericana. Yo venía con una pareja de amigos, que estaban en otro auto.  

D.C.C.- Contanos tu versión de lo que ocurrió ese día.

F.LL.- Cuando yo llego a Panamericana, me encuentro con una cola de autos larguísima, donde estuve unos cuarenta minutos. Un policía de tránsito ve que tengo las tablas de surf arriba del auto. Me pregunta de dónde venía, le respondo que de Brasil. También había un chico de Holanda, una familia de franceses y otra familia que también venía de Brasil. Nos separan, nos toman los datos y nos dicen: “Ahora ármense de paciencia, porque tiene que venir el SAME”. El SAME nunca llegó. Mientras tanto, se empiezan a acercar fotógrafos. Uno me empieza a preguntar de dónde vengo, con un tono bastante mala onda. Me dice: “¿Vos no sabías que hay una pandemia en el mundo, que no te podés ir del país?”. Le respondo que yo no me había ido a pasar el fin de semana a Brasil [nota: entre el viernes 21 y el martes 24 de marzo, hubo un fin de semana largo]. Me había ido el 8 de marzo, cuando todavía no se hablaba de pandemia  [nota: la OMS declaró la pandemia el miércoles 11 de marzo]. Me pregunta: “¿Vos no sabías que Brasil es uno de los países que más casos tiene, al día de la fecha?”. Le respondo: “Sí, estoy al tanto, pero eso es en el norte, yo estaba en el sur, estaba a más de tres mil kilómetros de donde estaban los infectados, en Río de Janeiro, San Pablo”. El hombre seguía agrediéndome. Le pedí que no me saque más fotos. Se empiezan a acercar otros fotógrafos. El policía me pide que me quede dentro del auto. Mandé a la mier… a los periodistas. Me siguen preguntando de dónde vengo y a dónde voy. Tres camarógrafos empezaron a insultarme también. Ahí pasó todo eso que muestran en la tele. Se acercan dos policías de Prefectura, me empiezan a corroborar la documentación que tenía. Muestro por el celular la declaración jurada que tenía, porque en la frontera no te daban el papel físico: te pedían que le sacaras una foto. Me pregunta si tengo el papel, le respondo que no, pero que le puedo mandar la foto por WhatsApp. Se la paso. El policía me dice: “Tu documento dice que vivís en Capital, pero la declaración dice que te vas a la Costa”. Le respondo: “Sí, pero no vivo en Capital hace años, yo vivo en Ezeiza con mi papá. Voy a ir a su casa a buscar ropa y herramientas, él ya me tiene todas las cosas preparadas; después, me voy a Ostende”. Él me responde: “Te tenemos que llevar escoltado, no te podemos dejar ir, están todos los medios. Pero no te podemos escoltar a la Costa. ¿No tenés otro lugar para ir? ¿Alguna casa de un amigo?”. Le digo: “No le puedo pedir a un amigo que me aguante quince días de cuarentena”.

D.C.C.- Si hubieras ido a lo de un amigo, todavía seguirías ahí…

F.LL.- Totalmente. Aparte, si iba a lo de un amigo, lo hubiera perjudicado: si volvías de afuera, no podías moverte de tu casa, ni siquiera para hacer mandados. Si compartís casa con alguien que vino de afuera, esa persona se tiene que quedar adentro sí o sí. Por eso no fui a lo de mi viejo: él es una persona de riesgo, le pusieron un stent en diciembre. Justo cuando estaba en Brasil, le agarró una hemorragia intestinal, por la medicación que le habían dado en el post operatorio. Esa medicación te licúa la sangre, funciona como lija para los tejidos. Empezó a defecar sangre y se tuvo que ir al hospital. Yo no estaba para irme a lo de mi viejo y correr el riesgo de que le pase algo, así que decidí irme a la Costa, donde tengo una casa para mí solo, y estoy cerca de donde vive mi vieja. Me estaba preparando para lo peor: si esto se hace más largo, me quedaba más cerca de mi vieja, no lo ponía en riesgo a mi papá. 

Los policías me dijeron que no me podían acompañar a la Costa, y me quisieron hacer firmar un acta de incumplimiento de cuarentena. Les dije que el acta no la iba a firmar, porque yo estaba en tránsito, tenía permiso para circular, no me quería hacer cargo de algo que no hice. Un policía me dice: “No te preocupes, vos lo firmas y después te vas”. Pasan cuatro horas. Me dice: “Si no firmas el acto, te pongo los ganchos por resistencia a la autoridad”. Las cámaras filman el momento. Una señorita y dos policías me leen el acta. No la firmo. Como no la quiero firmar, llaman a unos testigos. Me llevan hasta el domicilio de mi DNI; me dicen: “Tenemos órdenes de llevarte allá. Una vez que te dejemos ahí, te podés ir”. Le pregunto si me pueden acompañar hasta Ezeiza, que en Ezeiza a las diez de la noche cierran la calle y no te dejan entrar. Me responden: “No podemos. Cuando lleguemos, estaciona y después te podés ir”. Llego a Ezeiza, viene una ambulancia, me toman la respiración y la fiebre, me acompañan a la casa de mi papá. Agarro todas las cosas y llego a Ostende. Como tenía la documentación para circular, me dejaban pasar. 

D.C.C.- ¿Cuántos controles pasaste? 

F.LL.- Desde Brasil hasta Panamericana, cuatro. Después, pasé tres hasta Ezeiza. Hasta ahí, siete. Luego, el de Pinamar. En total, ocho. Todos, con la declaración que tenía. 

D.C.C- ¿Entonces el único control donde tuviste problemas fue en Panamericana? 

F.LL.- Exactamente. 

D.C.C.- Antes de ir a Ostende, tenías que pasar por Ezeiza. ¿El tránsito por Ezeiza estaba contemplado en tu certificación?

F.LL.- En Paso de los Libres, yo les planteé eso. Me dijeron que tenía que poner la dirección del lugar donde iba a hacer la cuarentena. Les dije que iba a ir a Ostende, pero que antes tenía que pasar por Ezeiza a buscar ropa y herramientas. Yo trabajo de electricista. Me dijeron que si me quedaba de paso, podía hacerlo. En Ezeiza estuve cuarenta y dos minutos reloj, mi papá me había dejado el bolso y las herramientas afuera. Yo agarré, acomodé todo y me fui. En ningún momento tuve contacto con él. 

D.C.C.- ¿Qué pasó cuando llegaste a Ostende?

F.LL.- Llego a las cuatro de la mañana. Me voy a dormir, me levanto a las once del mediodía, llamo a la Policía. Ya había hablado con un abogado a la noche, me había dicho que me fije qué iba a hacer. Que si me habían dejado en Flores, al otro día me iban a ir buscar allá. El abogado me había dicho: “Llama a la comisaría y avisales que llegaste al lugar donde avisaste que ibas a ir”. La policía me dice que si ya tenía el lugar en la declaración jurada, no tenía que avisar nada. Les pedí que vinieran igual, porque la situación era muy irregular. Vienen y me toman los datos. Mientras tanto, unos vecinos empezaron a instigarme. Se ponen a gritar. Luego, viene la orden de arresto: no puedo salir de mi casa. Le pido a la policía que me dejen bajar las cosas que habían quedado en mi auto; me dicen que no. Les digo que me hagan un inventario, me responden: “No te preocupes, están los testigos”. Cuando se llevan el auto, me rompen el portón de la casa. Al otro día, me levantan la prisión domiciliaria, porque la orden la había emitido el juez de Dolores. Según ese juez, yo había pasado por el peaje de Hudson y de ahí me habían llevado a Flores por segunda vez. Yo jamás pasé por Hudson, porque en ruta 6 y ruta 2 no te interceptas por Hudson. Como la acusación del juez no tenía validez, cae la prisión domiciliaria, pero sigue el embargo. La causa pasa al juez de San Isidro, Lino Mirabelli. Me ponen policías las veinticuatro horas en la puerta de mi casa. El juez da la orden de que vengan a visitarme cada seis horas, todos los días, durante dos semanas. Yo estaba con una depresión tremenda. Como había empezado a hacer frío, le pedí al juez que me devuelvan mis herramientas. Tenía dos bidones de nafta en el auto, tenía miedo de que se me deteriorara todo lo que tenía dentro. También le pido que me pasen a visitar cada ocho o cada doce horas, porque no podía dormir nada, tenía el sueño intermitente. Accedieron a venir cada doce horas. 

D.C.C.- ¿Recuperaste tus herramientas?

F.LL.- También accedieron con las herramientas. Yo pensé que iba a ir a la comisaría con ellos, para abrir la camioneta y llevarme mis cosas. No: abrieron la camioneta y me trajeron las cosas para acá. No tendrían que haber entrado a mi camioneta: la cerraron con los testigos, la tuvieron que haber abierto con esos mismos testigos. Tranquilamente me pudieron haber sacado o haber puesto cualquier cosa. La camioneta estaba con la camioneta de la Policía de la Provincia. El que me la trae, es de la Federal. Me dice: “Estaba enterita la camioneta, la verdad que me sorprendió, ni la tocaron”. Yo tenía miedo de que me la devolvieran en pedacitos. Tenía miedo que me robaran mis herramientas de trabajo: hace siete años que trabajo de manera independiente, son herramientas muy caras. Cuando llegué a Ostende, solamente alcancé a bajar el bolso que me había dejado mi viejo, con ropa de invierno. El de Brasil, había quedado en el auto, ahí había ropa interior y remeras. Ese bolso lo pude recuperar un mes después. 

D.C.C- ¿Cuánto tardaron en devolverte las herramientas y el bolso?

F.LL.- Las herramientas, veinte días. El bolso, un mes después. 

D.C.C.- ¿Y el auto?

F.LL.- Todavía sigue ahí. Y en algunos recovecos del auto, tengo más herramientas. También están las llaves de mi casa en Ezeiza, y otra documentación. 

D.C.C- Le pediste a tu papá ropa de invierno. ¿Ya tenías la idea de que esto podía dar para largo? 

F.LL.- Sí. Cuando estábamos en Brasil, estábamos averiguando con mi pareja si ella podía venirse para acá. Ella es de Canadá. El tema era que, si venías del extranjero, tenías que estar guardado en tu casa quince días. Esos eran los recaudos que había que tomar para evitar que entrara el virus en el país. Cuando empezó la pandemia, nos pusimos a ver qué hacer. El plan original era ir de vacaciones a Brasil y volver en abril, ella iba a estar conmigo hasta junio. Sobre la marcha, tuvimos que decidir que ella se volviera a Canadá y yo volverme a mi país. Llegué a pensar en quedarme en Brasil. Estábamos en un pueblo muy chiquito, que se llama Praia do Rosa. Es un pueblo de pesqueros, que recién en estos años empezó a volverse conocido. Está a cien kilómetros de Florianópolis. Mi viejo me dice: “Yo te diría que te vengas. Primero, porque no sabemos hasta cuándo va a pasar todo esto. Segundo, porque estás en otro país: si te llegas a enfermar o lastimar, o a necesitar asistencia médica, estás ahí solo”. Mi amigo estaba construyendo. Si me lastimaba con la moldeadora, o me entraba algo en el ojo, o me agarraba cualquier cosa, estaba a cien kilómetros del hospital más cercano.  

D.C.C.- Se armó todo un personaje alrededor tuyo: el “cheto”, el “surfer”, el “anti-cuarentena”, el “inconsciente”. Por todo lo que me decís, es todo lo contrario: estabas perfectamente consciente de cómo pintaba el panorama. 

F.LL.- Mi pareja es enfermera, estábamos bastante al tanto de lo que había que hacer y lo que no. Nos habíamos preparado para lo peor. Tampoco estaba rompiendo la cuarentena. Creo que todo esto fue por presión mediática y por negligencia de la policía. Mis datos estaban muy claros. La situación no se prestaba para que haya confusiones. La Justicia actuó por la opinión mediática: ellos dijeron que yo estaba rompiendo la cuarentena. Después se empezaron a preguntar cómo entré al país, si las fronteras estaban cerradas. Luego, cómo llegué a Panamericana. Esos periodistas entorpecieron el trabajo de las autoridades, generaron caos y desinformación. La situación de los periodistas en el control de la Panamericana no era para nada profesional: me insultaron, estaban amontonados todos uno al lado del otro, peleándose a ver quién tenía el micrófono más cerca, hostigándome. Me gritaban: “¡Por gente como vos, estamos como estamos! ¡Nosotros estamos acá, arriesgándonos por vos! ¡Ponés en peligro a todos!”. El camarógrafo de Canal 9 me volvió loco. El tipo me gritaba y escupía. Estaba Luli Fernández haciendo control en la calle. ¿Qué necesidad tenés de poner gente que no es para nada profesional? 

Los medios también dijeron que yo llegué a la Argentina ilegalmente, porque las fronteras estaban cerradas. No es cierto: había un protocolo del Ministerio de Salud, que consistía en llenar un formulario y dirigirte al domicilio que declaraste. 

D.C.C.- Para que quede claro: no estabas rompiendo la cuarentena.

F.LL.- Exactamente. Los medios dijeron que me escapé y pasé ilegal la frontera, es mentira. Tienen un poder abismal y siempre caen bien parados. Hacen plata con la desgracia ajena. Yo todavía no puedo creer todo lo que me pasó. 

D.C.C.- Volvamos al policía. Él tenía toda tu documentación al alcance de la mano. 

F.LL.- Ellos siguen órdenes de sus superiores, que son el juez Mirabelli y el secretario de Seguridad de la Nación, Eduardo Villalba. Ellos fueron los que decidieron hacerme el acta y llevarme a Flores, porque “el surfer estaba en los medios”, y los medios decían “miren a este, con las tablas de surf”. Si me dejaban ir, hubieran defenestrado al que llevó a cabo el control y al Gobierno en sí. Hubiesen dicho cualquier cosa los medios de comunicación. 

El juez Mirabelli no tenía por qué prohibirme ir a Ostende. El Ministerio de Salud de la Nación generó la declaración jurada que yo tenía. A lo mejor, él no estaba al tanto de esas declaraciones juradas, no sé. Él me hizo romper la cuarentena llevándome a Flores. Dijo que yo pude haberme quedado ahí, en la calle, esperando que me llevaran las llaves. Legalmente no se podía. Si vivías en Capital Federal y venías del extranjero, tenías que ir a un hotel. Hizo que me dejaran en Flores, en la puerta. 

D.C.C.- Y encima, en un domicilio en el que no vivías.

F.LL.- Exactamente 

D.C.C.- ¿Cuál es tu situación judicial actual?

F.LL.- Hoy, el juez Mirabelli me cuestiona por qué pasé cuarenta y dos minutos por Ezeiza. También dice que mi papá me pudo haber dejado la ropa y las herramientas afuera del barrio privado, donde está la barrera de seguridad. ¿El problema fue haber estado cuarenta y dos minutos en Ezeiza, o haber entrado al barrio? Después dijo que las herramientas y la ropa no eran de esencial necesidad, porque las pedí veinte días después. O que mi viejo me hubiera podido haber enviado por correo. Actualmente, hubo un pase a cámara, hay tres jueces que van a analizar el caso, van a determinar ellos si corresponde o no. Mientras tanto, hay que esperar. Mi camioneta sigue en cana, divulgaron toda mi información personal en los medios de comunicación, la gente sigue mandándome mensajes insultándome. Eduardo Villalba dijo que yo no tenía la documentación para circular: está mintiendo.

D.C.C.- Hubo muchas irregularidades…

F.LL.- El oficial de Prefectura me pidió la declaración jurada en papel… y a mí en la frontera me hicieron sacarle una foto. ¿Qué pasaba si yo no tenía celular? ¿O si no tenía batería? ¿Me llevaban en cana? Hubo un montón de irregularidades, pero la principal fueron los medios de comunicación, que no les interesó informar a la gente. Estaban haciendo lo que se les cantaba para generar rating

Las jurisdicciones tienen que pagar por la gente que viene a hacer la cuarentena, porque están obligados a darles de comer, a darles medicamentos, a pagarles los tests. Al intendente de Pinamar no le conviene tener gente que venga de afuera. Todos se tiran el fardo el uno para el otro. Me gustaría saber cuáles fueron los gastos del operativo, qué plata se pidió y a qué se destinó. 

Por todo esto, estamos pidiendo que se investigue el caso.