Por Nicolás Torres Ressa, Prof. de Filosofía (UNLP)

 Marina Alfie es instagramer, influencer y graduada de la carrera de Psicología, por la Universidad de Buenos Aires, con título en trámite. Su cuenta @queridaguachita tiene más de sesenta y tres mil seguidores. Desde Diario Ciudad Capital, nos pusimos en contacto con ella. Hablamos sobre las redes sociales, los adolescentes, la cuarentena… y hasta de Psicología. 

D.C.C.- Contanos un poco de tus cuentas de Instagram y su contenido.

M.A.- En este momento, tengo un millón de cuentas de Instagram. La “cuenta madre”, por decirlo así, es “@queridaguachita”. Ahí subo contenido más que nada relacionado con frases y con ideas. Después tengo una cuenta de tatuajes, porque también soy tatuadora, que es “@queridatinta”. Otra, que está orientada más específicamente a lo que es la Psicología; se llama @queridapsicologa. Hay otra más, que es uno de mis proyectos favoritos: @tinderdeamigas, que es para que gente que quiere ampliar su círculo de amistades, por fuera de los lugares a los que concurre. A partir de esa cuenta, se armaron lindos grupos. 

D.C.C.- Que interesante lo último, lo del @tinderdeamigas, porque ahí se nota cómo la interacción con tus seguidores contribuye a crear nuevos contenidos.

M.A.- Mucho del contenido que se genera en las redes tiene que ver con lo que me escriben las personas que me siguen. Muchas cosas son mías, pero otras nacen de las transmisiones en vivo, o de los mensajes que me mandan. Busco generar una dinámica más grupal, que no sea sólo yo comentando cosas. 

D.C.C.- En promedio, ¿qué edades tienen tus seguidores?

M.A.- Son en su mayoría millennials y centennials. Y está bastante sectorizado: casi toda la gente que me sigue son pibitas, distintas feminidades, pibes gays; gente que está alejada de la idiosincrasia de un Tincho. ¿Entendés a lo que voy? 

D.C.C.- Entiendo, entiendo (risas). En el contenido de @queridaguachita hay mucho contenido que tiene que ver con los vínculos machistas y tóxicos.

M.A.- Exactamente. 

D.C.C.- ¿Encontrás alguna diferencia entre los adolescentes centennials, y los de nuestra generación?

M.A.- En mi adolescencia, solamente podía vincularme con gente de mi proximidad física: gente de mi escuela o de algún otro espacio al que iba. Había gente que armaba grupos de amigos por Fotolog, pero ni a palos tenía la llegada que hoy tiene Instagram. Hoy, si sos adolescente, podés sociabilizar por otros canales. 

D.C.C.- Antes estaba la idea de que el Internet estaba lleno de gente peligrosa.

M.A.- Sí, antes era muy tabú conocer a alguien por Internet. Y hoy día, para los adolescentes es mucho más normal.  

D.C.C.- Siguiendo en la misma línea de las redes sociales, ¿qué opinas acerca del mudo Instagram? ¿Es un lugar donde la gente muestra “vidas perfectas”?

M.A.- Hay algo muy masoquista en Instagram. A la gente le genera mucha angustia y ansiedad, pero siguen consumiendo las mismas cuentas, porque les da miedo quedarse fuera de todo eso que está pasando. Hay que ser más selectivo con las cuentas que uno sigue. Cuando seguir una cuenta te genera ansiedad, hay que depurar eso. Creo que se podría hacer un uso más amable, menos dañino de las redes sociales. Todo lo que hay en Instagram es mentira. No sabemos qué hay detrás de esa piba con cincuenta millones de seguidores, que sube fotos “perfectas”. Ya no sabemos qué es verdad ni qué es mentira: la gente le pone filtros hasta a las fotos de los bebés. 

D.C.C.- Lo he visto…

M.A.- La foto es bidimensional. Yo puedo sacarme una foto y salir re linda; y sacarme otra, y salir horrible. ¿Cuál de las dos soy yo? 

D.C.C.- ¿Por qué nos ponemos manijas pensando: “esta persona la está pasando joya, y yo soy un desastre”? ¿Por qué el masoquismo se convierte en un vicio?

M.A.- Es la pregunta más difícil, es básicamente mi carrera entera (risas). Hay cierto goce en el dolor. A lo mejor es por los neurotransmisores que se liberan cuando uno siente angustia. Justo hoy estaba leyendo un libro sobre el estrés postraumático, que habla acerca de cómo la gente vuelve a esos lugares donde fue infeliz; pero vuelven porque es el único lugar que conocen. 

D.C.C.- Estoy pensando… ¿el sufrimiento puede llegar a ser algo positivo? Pienso en el duelo que estamos viviendo en esta cuarentena. Hay una rutina que se perdió, la vida normal está en un impasse.

M.A.- Es muy interesante eso. Como psicóloga, creo que todo el mundo está pasando por un duelo en este momento. Me parece que lo que se perdió es esta idea de que el sol va a salir todos los días, y el cielo va a ser siempre celeste. ¡Un día puede no pasar! Se generó un quiebre en la normalidad, que no se va a recuperar nunca. Ahora sabemos que, de un día para el otro, todo puede cambiar. Y no hay escapatoria: es a nivel global. En esta pérdida de rutina, hay una sensación grande de pérdida de control de las cosas. 

D.C.C.- Y no hay nadie que nos pueda decir que todo va a estar mejor…

M.A.- ¡Tal cual! Uno, cuando está mal, siempre apela a otro que sabe más, que ya lo pasó. Cortaste con alguien, se te murió un familiar; siempre lo vas a hablar con alguien que te puede aconsejar desde algún lugar. Ni mi propia psicóloga me puede decir nada, nadie tiene una palabra que nos calme. 

D.C.C.- ¿Qué puede hacer el psicólogo ahora? 

M.A.- Creo que ahora hay que cumplir un rol que es más de contención, de escucha. Mucha gente necesita una voz que la escuche. Hay mucha gente que se va a morir de soledad.

D.C.C.- Es tremendo cómo el simple hecho de que te escuchen, llega a ser algo sanador.

M.A.- Recobras el self, tu sentido de existencia. Si no hay otro, ¿cómo sé que existo? No sé cómo lo verás vos como filósofo. 

D.C.C.- En la Filosofía, está Aristóteles, que dice que somos animales sociales.

M.A.- Sí. Y todo esto es como que va en contra. Y a raíz de lo que está pasando, podés comprender a las personas mayores, que van al supermercado y se cuelgan hablando con la cajera o con la peluquera. Lo hacen porque están solos todo el día. Últimamente, cuando bajo de mi departamento, le empecé a dar charla yo también al cajero. Antes no lo hacía ni a palos. Ahí te das cuenta que la gente tiene necesidad de habar. 

D.C.C.- Necesitamos socializar.

M.A.- Esto está re estudiado. En la Segunda Guerra Mundial, muchos bebés que habían quedado huérfanos, habían empezado a morirse de la nada, porque no había nadie que les acariciara o que les hablara. Murieron de muerte súbita. La persona se constituye en base a otro.

D.C.C.- Es muy loco, porque esa necesidad que tenemos del otro es de vida o muerte.

M.A.- Totalmente. Y hoy tenemos una certeza de que cualquier persona que te cruces con la calle, no la está pasando bien. A menos que seas el dueño de una fábrica de alcohol en gel (risas). Hay un trauma compartido. Hoy son necesarias la solidaridad y la empatía. 

D.C.C.- Hago un paréntesis, pero tiene que ver. Vuelvo a lo del sufrimiento, ¿es necesario?

M.A.- Es súper necesario, sería patológico no sufrir. Es nefasto ese imperativo categórico de ser feliz siempre.  

D.C.C.- No habría aprendizaje.

M.A.- Claro. 

D.C.C.- Y también hay gente que a lo mejor la está pasando mal, pero lo niegan.

M.A.- Es imposible no sentirse mal: hay algo que perdimos. 

D.C.C.- Otras personas se sienten culpables por sentirse mal. Gente que dice, por ejemplo: “Puedo usar este tiempo para terminar mi tesis, pero no lo estoy haciendo, ¿por qué no uso mi tiempo productivamente?”.

M.A.- Muchos en Instagram me dicen lo mismo. Hay algo que pasa con el tiempo: tener tiempo es condición de posibilidad, pero no es lo único. En medio de una pandemia mundial, es difícil tener voluntad. La mayor parte de nuestro aparato psíquico está puesto en tratar de procesar esto que está pasando. 

D.C.C.- Hay una imagen viral que dice: “A vos no te faltó tiempo, te faltó disciplina”. El que escribió eso, una basura.

M.A.- Lo único que hace es generar culpa. 

D.C.C.- Están apagadas las ganas de hacer cosas.

M.A.- En todo. Hay mucha gente que está apática, sin voluntad, des-sexualizada. También es todo un tema con la gente que quiere conocer gente…

D.C.C.- Incluso hay parejas que no pueden verse casi nunca, por cuestiones de laburo, y ahora lo que les sobra es tiempo… nada, cero intimidad. La mente está en otra cosa.

M.A.- Hay muchísimos casos así, y es por eso, por la angustia. Antes yo también pensaba que todo pasaba por la falta de tiempo. Como filósofo, ¿qué pensas del tiempo? 

D.C.C.- Una vez, una colega me dijo que los griegos de la Antigüedad no tenían ansiedad, porque la vida era más monótona, uno no estaba con la sensación de estar perdiéndose de algo. No sentían que “perdían el tiempo”. Con la modernidad capitalista, surgió la idea de que “el tiempo es oro”, y que no hay que desperdiciarlo, que hay que administrarlo para que sea lo más productivo posible. 

M.A.- A eso, sumale que la juventud está híper-valorizada. Este tiempo es oro, mientras seamos jóvenes. 

D.C.C.- Como sociedad, ¿le tenemos miedo a la vejez? 

M.A.- A mí no me da tanto miedo la vejez, sino ser fea y que nadie me quiera. 

D.C.C.- Entonces da miedo la vejez asociada a la fealdad. 

M.A.- En esta sociedad, la vejez está asociada a un montón de cosas. A no tener jubilación, a no ser deseable, a no ser relevante. 

D.C.C.- El prejuicio de “feos” e “improductivos”. A menos que seas Susana Giménez o Moria Casán. 

M.A.- O un viejo catedrático. Pasa que vivimos en una sociedad muy gerontofóbica. 

D.C.C.- Es muy loco, porque a veces con 27 o 28 años, nos sentimos viejos. ¿Los 30 son como un fantasma?

M.A.- Mirá, yo estuve pensando: siempre te hablan de cómo te cambia el cuerpo de la mujer en la adolescencia. Pero nadie, de cómo cambia a partir de los 25. El cuerpo cambia todo el tiempo, y de repente te anoticias de eso. En mi edad ya hay signos de envejecimiento. ¿Cómo puede ser que nadie me dijo que a los 28, mi cara no iba a ser la misma que la de los 23? Eso es lo traumático que tienen los 30: tenés otro cuerpo, otra cara, otra mirada. 

D.C.C.- Y te agrego algo más: antes, la gente se casaba a los 23. Ahora, por varios motivos, eso cambió. Ya no hay un relato que nos diga cómo tiene que ser nuestra vida. Eso por ahí genera cierto vértigo existencial. 

M.A.- Exactamente, sobre todo al de clase media: se le abrieron un montón de puertas, que antes no tenía. Pero depende de otros factores: como judía, conozco muchas personas ortodoxas, donde esos mandatos todavía no cayeron. 

D.C.C.- A mí me impactó mucho cuando publicaste que mucha gente te dejó de seguir cuando dijiste que eras judía. Es muy loco que siga pasando esto en pleno 2020. 

M.A.- Todavía hay un montón de nazis, o mucha gente que piensa que por ser judía, estás a favor de que mueran un montón de chicos en Palestina. A muchos les molesta que haya un Estado judío. Hace un rato estábamos hablando de los traumas sociales: la sociedad de Israel está muy traumatizada por la guerra. 

D.C.C.- Me encantó cómo se puede relacionar un tema con el otro. 

M.A.- ¡Sí, mal!

D.C.C.- Quiero volver un segundo a la Psicología: ¿la mente humana funciona igual en todas las culturas? ¿O hay factores sociales que la condicionan?

M.A.- No es lo mismo cómo proceso la tristeza yo que, por ejemplo, una piba que vive en una comunidad ultra ortodoxa de Jerusalén, o alguien que vive en una aldea del Congo. 

D.C.C- Cae el universalismo, que a los filósofos tampoco nos gusta mucho. Para ir cerrando: ¿después de la cuarentena, cómo va a cambiar nuestra relación con el otre?

M.A.- Creo que si te respondo eso, te estaría hablando desde un lugar de privilegio. Yo sé que si me agarra una pulmonía, va a haber una cama para mí. Saber que hay un mañana, habla de un lugar desde donde uno está parado. 

D.C.C.- Es muy loco, porque saber que hay un mañana, es un privilegio.

M.A.- Tal cual. 

D.C.C.- Última pregunta, ¿podríamos definir tu laburo como una deconstrucción de Instagram

M.A.- ¿En qué sentido? 

D.C.C.- En el de cambiar esta lógica de “estoy mostrando que en la vida me va joya, para que otras personas me miren”. 

M.A.- Estoy de acuerdo. Nunca me mostraría a mí en mi mejor momento, a nadie le interesa ver eso. Me gustaría que la gente muestre más otros lados, más sinceros. 

D.C.C.- Que nuestro uso de las redes sea más sincero, más amable, o más humano, digamos.

M.A.- Sí, más humano.