Por Nicolás Torres Ressa.

 El actual escenario de pandemia nos ha hecho replantear muchísimas cuestiones con respecto a nuestra relación con el medio ambiente. Hasta el 2020, la economía y el cuidado del medio ambiente (y, por ende, el cuidado de la salud) parecían dos cuestiones disociadas entre sí.  Hoy, se nos muestran más unidas que nunca. ¿Cómo hay que hacer para cuidar nuestro planeta… y al mismo tiempo garantizar trabajo y una vida digna a todos los seres humanos? Desde Diario Ciudad Capital, entrevistamos a la diseñadora Carla Andrea Escalera, quien trabaja esta cuestión desde una de las necesidades básicas: la vestimenta. La perspectiva que la guía es el diseño sostenible, cuyas dos preocupaciones, igualmente importantes, son la sociedad y el medio ambiente.

DCC.-  ¿Qué tipo de indumentaria hacés?

C.E.-  Es indumentaria de autor, sostenible. Sostenible, por todas las aristas que aborda, o intenta abordar. Primero, es indumentaria sin género. Segundo, trata de cuidar a todos los que están involucrados dentro de la cadena de valor textil: desde la semilla, hasta la persona que la va a usar. Es un compromiso social y medioambiental, dentro de la medida de lo posible. 

DCC.- ¿Cuáles son las diferencias entre la indumentaria sostenible y la indumentaria tradicional?

C.E.- Me paro en contraposición a lo que se conoce como “moda”, al fast fashion; a la compra rápida y desmedida; abaratar costos en todos los puntos de la cadena de valor, no cuidar nada. Hay que re-pensar la forma de vestirnos, no solamente por cómo nos vemos, sino también para saber qué es lo que nos estamos poniendo: cómo fue construido, de dónde, qué mensaje tiene.

Hay una cuestión que siempre me gusta aclarar: ahora está muy en auge empezar a hablar de la sustentabilidad, en varios aspectos. Dentro del mundo de la moda, también está la “moda sustentable”. A mí me gusta pararme más desde el concepto “sostenible”, porque aborda no sólo el tema medioambiental, del que se encarga la sustentabilidad, sino también factores más relacionados a lo social, lo cultural y lo económicos. Si en el cuidado del medio ambiente no hay una devolución económica, que se sostenga en el tiempo, se vuelve una tarea imposible. La sostenibilidad está ligada a la agenda de “desarrollo sostenible”, de las Naciones Unidas. 

DCC.- ¿Cómo definirías la palabra “moda”?

C.E.- Es una tendencia: algo que de alguna manera se impone. Es una idea que está ligada al consumo: la moda es el aliado del capitalismo. Me molesta que a la indumentaria la llamemos “moda”: abordarla sólo desde la moda es contraproducente, porque “moda” y “sostenible” no se equiparan, son palabras que no deberían estar juntas en una misma oración. La idea de la sostenibilidad es que no sea una moda. La idea es que no sea algo efímero, pasajero, de consumo rápido y descartable, sino que la sostenibilidad sea algo perdurable en el tiempo, que trabaje desde otros lineamientos. 

Se “puso de moda” ser green. Ojalá que ese “ponerse de moda” sea investigar más, tomarlo como un hábito y como una forma de vida, dentro de las posibilidades de cada uno. Replantearnos nuestros hábitos de consumo. 

La moda busca homogeneizar todo: desde los estándares, la materialidad y los procesos. Somos sujetos completamente diversos. Me interesa cuestionar todos los parámetros de vestimenta que se nos han impuesto desde siempre. Y hacerlo de una manera amable: mostrarle a la gente que hay otro camino, sin “imponer”. 

DCC.- ¿Cuál es la situación del diseño sostenible en Argentina? 

C.E.- Es muy incipiente, está en auge, pero falta muchísimo camino por recorrer. Yo soy muy joven en el rubro. Somos muchísimos los que estamos trabajando, pero nos faltan visibilidad, recursos y políticas que acompañen. Mayoritariamente, hay mucho interés por el discurso ambientalista: en vez de poliéster, la gente quiere usar algodón. ¿Qué pasa con el algodón que tenemos acá? ¿De dónde sale? ¿De dónde viene? ¿Es nacional? ¿Cómo está trabajado?  Recién la gente está empezando a cuestionar las materialidades. Después, creo que hay que cuestionar el proceso y las personas implicadas. 

Hasta la pandemia, la mayoría de los diseñadores sostenibles en Argentina vivíamos del mayorista, dejando varias prendas en una tienda multimarca. Actualmente, estamos trabajando la venta directa al público. 

DCC.- ¿Cuánto tiempo demanda el diseño de una prenda? ¿Y de una colección?

C.E.- Hay muchísimos factores que influyen en el diseño. Por ejemplo, el factor subjetivo, para hacer una bajada creativa. Después, está la materialización del producto, que depende de los procesos de cada diseñador. Yo trabajo con fibras naturales: algodón, lino, cáñamo, que me permiten aplicar mi diferencia textil: el tejido con tintes naturales, pigmentos que genero yo, de forma propia, a partir de desechos domésticos: cáscaras de cebolla, yerba mate, palta, cortezas de árboles, florcitas de primavera. Una amiga usa fieltro: es el vellón de lana natural, que se amasa; la textura es similar a un paño de cocina, a una valerina. Mientras la amasa, le implanta semillas. Cuando esa prenda se desecha, se biodegrada en la tierra, y la semilla germina. Le toma unas ocho horas hacerlo.

 Cuando la conozco, me lleva un día hacer una tintura. Cuando no conozco, hay que investigar. Si tengo la idea, la moldería, sé confeccionar y sé los colores, una pieza me tarda diez días hábiles a veces. Diciéndote que tengo todo resuelto. ¡Imaginate cuando no! 

La industria está diseñada para todo lo contrario. En el afán de hacer, a veces uno no le puede ser fiel a sus valores. Esa palabra es importante, porque nuestras prendas tienen la misión de educar a los clientes: mayoristas, minoristas, al público en general. 

DCC.- ¿La indumentaria sostenible sería una pedagogía?

C.E.- Yo lo vivo de esa manera. Después, obviamente, también hay diseñadores que se suben a la moto de la sostenibilidad y se agarran de esto porque se puso “de moda”, por puro marketing. Pero creo que quienes lo vivenciamos desde el día cero, con estas convicciones, sabemos que es algo más pedagógico. 

Mi proyecto abarca desde la indumentaria, hasta talleres de acabado de textil sostenible, que es lo que hice desde el momento que empecé con esto. No enseño sólo los tintes naturales, sino además otras técnicas textiles y sostenibles, incluso algunas que no aplico a mi marca, pero que conozco. Me gusta eso de repartir conocimientos, compartir, ver qué piensa el resto, hacer una devolución. Mis colegas hacen lo mismo, en mayor o en menor medida. Todas las prendas tienen un mensaje. 

DCC.- ¿El modo en que fabricamos la ropa dice algo de nuestra manera de ver la vida?

C.E.- La industria de la moda es la segunda más contaminante y cruel del mundo, después del petróleo. La idea es acercar a la gente no sólo los valores que uno vivencia, sino volver al origen, empezar a bajar las revoluciones: en el consumo, en tu casa, en cómo fabricas algo. Las máquinas nos han dañado en todos los sentidos. Tenemos que volver a poner en valor la artesanía. Somos una generación de artesanos, no sólo en la ropa, sino también en la encuadernación, la cerámica, o la joyería contemporánea. Pienso en la importancia de fabricar uno mismo, poner tu tiempo y tu energía, y transmitirla. 

En una época, el objetivo del diseñador de indumentaria era que te contraten para Levi’s o Kosiuko, pero a trabajar como diseñador, no como peón que va a coser con la máquina. Todos los diseñadores hoy empiezan con sus emprendimientos, porque entienden que el camino es por ahí. El paradigma nuevo es la artesanía: volver para atrás, con vistas al futuro. Deconstruir. 

Somos humanos, estamos hechos de valores, de sentimientos, los productos tienen que reflejar eso también, no pueden ser productos “porque sí”… y ya. Eso es lo que intento transmitir con mi trabajo: que hay algo más que el consumo. Siempre fui muy particular con la indumentaria, pero puede ser en la fabricación de cualquier manufactura.

DCC.- Todo lo que produzcamos debería comunicar algo, ¿no?

C.E.- Yo creo que siempre lo hace, por más que a lo mejor no sea algo que tenga un trabajo conceptual. También puede ser algo simple; por ejemplo, si usaste el color rojo para expresar el amor. Todo lo que hacemos tiene un sentido. Cuando las cosas pierden el sentido y el valor, terminamos como estamos. 

DCC.- ¿Cómo describirías tus creaciones? 

C.E.- Trabajo con conceptos auto-referenciales, me gusta revolver mis raíces. Yo soy de Tierra del Fuego; mi papá es boliviano, mi mamá fue criada en una colonia finlandesa de Misiones, es decir, mi abuela es finlandesa. Me gusta ver qué puedo sacar de ahí, de sus historias, de las mías, y presentarlas con lineamientos simples. Lo importante de mi ropa es que sea simple, cómoda y confortable, ya sea que hable del paisaje de Tierra del Fuego, o de la Revolución Francesa. 

En mi primera colección, puse el nombre científico de un liquen. Un liquen es una simbiosis de hongo y alga, hay un montón en Tierra del Fuego, los bosques están llenos. Que haya superpoblación de ese liquen, es indicador de la pureza del aire. Quise hacer una analogía entre liquen y moda sostenible. 

El año pasado, me fui a mi yo-persona, a mi escuela secundaria. Yo fui a una escuela agro-técnica, toda mi secundaria fue en el campo. ¿Por qué trabajo con las manos? Porque lo aprendí ahí. Desde ordeñar una vaca hasta cosechar plantines, fabricar un queso, un chorizo, lo que sea. Hacíamos de todo en la escuela. 

La última colección hablaba de mis abuelos maternos y de mi mamá, que vivían en una chacra en Misiones. Recolectaban yerba mate, algo tan particular y tan nuestro, para poner el pan en la mesa todos los días. Esto habla de mí, del imaginario colectivo y de la identidad nacional. 

DCC-. ¿Desde el Estado se ha promovido la industria textil? 

C.E-. Años atrás, la industria creativa estaba en su mejor momento; ahora, es empezar de cero.  Faltaron políticas para el desarrollo, para la indumentaria textil y para el emprendimiento en general. Lo que hacemos, es a pulmón. Ojalá el año que vine, o cuando quiera irse el virus, podamos tener las políticas que necesitamos. Sin políticas del Estado, es imposible. Hay que volver a construir la PyMe.

Son imposibles los precios de los textiles. Acá, todo lo que tenemos es importado. Yo lo que hago es reciclar muchísimo. Las cooperativas algodoneras están devastadas. 

DCC.- ¿El reciclaje permite abaratar los costos de la producción?

C.E.- Exactamente. Tierra del Fuego es conocido como el polo industrial de Argentina. Allí, la industria textil es de decoración, sabanera, de cortinas o sábanas. Son textiles de muy buena calidad. Los desechos, como en toda fábrica, son gigantes, voluminosos, por millones. Por su condición de isla, tenemos los desechos en la Provincia. Se está convirtiendo en la isla de la basura. 

Mi proyecto es recuperar desechos textiles de fábricas sabaneras, y a partir de recursos de indumentaria, generar nuevas piezas. Antes, era para generar etiquetas y bolsas. Cuando me dí cuenta, tenían la misma calidad que los textiles que estaba comprando en el Once. Había que volver a poner en circulación esa materia prima: no puede ser que sea un desecho. En Tierra del Fuego hay muchos chicos que se están dedicando a ir a las fábricas a sacar tela, y generan cosas increíbles. Allá está el tema del outdoor, de la ropa de campo.  Se generó una conciencia, de la que me siento parte. Llegó el mensaje a una generación, que está empezando a construir el camino desde ahí.

DCC.- ¿Hay instituciones educativas donde se enseñe el diseño sostenible?

C.E.- Es bastante relativo. Yo sé de una institución, la Escuela Argentina de Moda, que tiene la carrera de Diseño de Indumentaria y Textil. Es un terciario. Ahí, tuvimos un abordaje a la sustentabilidad, dentro de la materia de Diseño: vimos cómo crear prototipos con basura, y hacer cosas con plástico. En la Escuela Argentina de Moda, se está dictando un curso de moda sustentable, yo formé parte de la parte de taller y práctico. En Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, de la UBA, hay cursos de moda sustentable. Los docentes comunican, implantan la semilla, que puede germinar o no. Todavía no hay una carrera en sí, pero está en agenda, dentro de los contenidos a dictar. 

DDC.- Quizás esta pandemia ayude para mostrar que la salud, el cuidado del medio ambiente y el desarrollo no son “dilemas”: no es cuestión de elegir una de las tres cosas, sino que tienen que ir lo más unidas posible.

C.E.- Sí, completamente. Hay que dejar de disociarlas.