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Reseña Distrito Salvaje

Reseña Distrito Salvaje

Al fin los directivos de Netflix Latinoamérica se dieron cuenta de que se puede salir del estereotipo dominante que asocia a Colombia con el narcotráfico.

Por Manuel Hutchins

El tópico que se inició con El patrón del mal, dio lugar a una seguidilla de producciones en esa misma tesitura; clichés y lugares comunes se adueñaron de los guionistas y las narrativas hasta que se volvió una especie de ley escribir sobre la historia de los cárteles; tanto exprimieron a la gallina de los huevos de oro que daba la sensación de que cada nueva serie era una continuación de la anterior. Esto no significa que todas fueran malas: Narcos, con tres temporadas que fueron creciendo en cuanto a personajes, actuaciones, calidad audiovisual y arcos argumentales, es tal vez la mejor de toda esa colección.

El 19 de octubre Netflix estrenó Distrito Salvaje, una realización íntegramente colombiana y producida por Dynamo para la plataforma de streaming. Con un total de diez capítulos, la serie se centra en la historia de las guerrillas en ese país, la corrupción que gobierna las altas esferas de la política, la opinión pública dividida entre aquellos que quieren el fin del conflicto mediante tratados de paz y los que exigen al gobierno el uso de las fuerzas armadas para que arrasen con todos los grupos paramilitares. La guerra civil  que sufren cada día los ciudadanos que están en el medio del enfrentamiento, los tiene como las principales víctimas fatales de ese fuego cruzado.

La trama tiene como protagonista a Jhon Jeiver (Juan Pablo Raba), un reinsertado del conflicto armado nacional que vuelve a la ciudad de Bogotá después de pasar 25 años viviendo con la guerrilla en la selva. Su historia es una de muchas similares a las de la vida real: un niño de trece años y pocos recursos que vive en el campo con su madre y hermana hasta el día que llega una facción guerrillera a cobrar el impuesto a la revolución. Ante la falta de dinero para pagar, el joven es separado de su familia y llevado por la tropa a modo de cobro. La imposibilidad de poder elegir su futuro en esos sectores sociales hace que de pronto, ese chico que soñaba con ir a la escuela se despierte al día siguiente vestido y armado como un soldado al que ya no llaman por su nombre de nacimiento sino por con el que la guerrilla le otorgó. Quitarles la identidad es el primer paso para luego transformarlo en una persona nueva: a partir de entonces se lo conocerá por su nombre en clave: Jey Jey.

Él es lo que en los grupos paramilitares llaman “Pisa Suave”. Hombres que como él son entrenados desde pequeños para transformarse en máquinas de matar sin remordimiento alguno. Los pocos que sobreviven a esa vida son considerados como los mejores en su oficio: robots que reciben órdenes de sus superiores y raramente fallan en las misiones que van desde secuestros, asesinatos, atentados y trabajos de ese estilo.

En medio de uno de los tantos procesos de paz propuestos por el gobierno, su hartazgo por la vida llena de muerte que lleva hace tanto tiempo, sumado a la negativa de adherirse al proceso por parte de Aníbal (Juan Sebastián Calero), su mejor amigo y jefe del grupo armado, harán que Jhon decida desertar y volver a la civilización; aún sabiendo que la decisión que toma está penada con la muerte y que aquel que lo consideró su hermano no va a dejar de buscarlo hasta matarlo por su traición.

En la ciudad lo espera su madre Francisca (Alina Lozano) quien quedó a cargo de la crianza de su nieto Mario (Nicolás Quiroga Pineda), el hijo de quince años de Jhon. Así comienza el proceso de regreso del guerrillero en la sociedad donde todo es nuevo y a la vez hostil; los centros de reinserción son lugares donde la gente recibe educación y oportunidades laborales para comenzar una nueva vida, aunque esto no significa que las opciones para elegir sean muchas: la condena social por el pasado que tuvieron es una carga difícil de llevar y donde van son señalados como asesinos, sin importar su historia personal y las razones por las que se convirtieron en eso. A pesar de la propaganda gubernamental, nada es color de rosas y Jhon lo va a descubrir en el momento en que el servicio de inteligencia nacional se entere de que entre los muchos que decidieron volver de la selva se encuentra él, ese mito al que nunca nadie logró capturar.

El protagonista se dará cuenta de que el poder del gobierno que se oculta en la sombra no es distinto al que sirvió durante años. Ambos ven en Jhon y sus aptitudes a la mejor pieza dentro del tablero de juego, por lo tanto ahora van a usarlo para su beneficio. La creencia de que después de tantos años puede volver a elegir lo que de chico no pudo es una quimera. El pasado del cual escapó regresa a su presente, aunque esta vez se tendrá que poner la camiseta del equipo contrario.  

El asesinato de una funcionaria del gobierno que investigaba la corrupción en la obra pública y las concesiones a algunas empresas, hace que la gente que maneja los hilos del país recurra a Jhon para que los ayude a encontrar a los autores del atentado. La otra opción que tiene es ser sentenciado a cadena perpetua. Así comienza su reinserción.

Mientras vive su nueva vida en constante estado de alerta esperando la venganza de Aníbal, intenta construir una relación con un hijo que lo desconoce y lo odia por sus crímenes. Pronto entiende que la jungla de la que viene y en la que vive ahora se parecen más de lo que creía: lo que las diferencia es que una es de cemento y la otra no. Pero la hostilidad es moneda corriente así como la violencia.

La trama irá descubriendo hasta dónde llega la corrupción en el sistema, a todos los niveles y en todos los poderes del estado. El dilema moral se hace presente de nuevo y Jhon Jeiver tendrá que decidir con el correr de los episodios, quién quiere ser y qué no quiere volver a ser.

A lo largo de los diez capítulos de esta primera entrega veremos cómo todo y todos, tarde o temprano acaban metiendo las manos en el barro y cómo los malos al igual que los honestos no lo son tanto.

La denuncia tanto a las instituciones como a la sociedad y la visibilización de los olvidados por el sistema dan como resultado una muy buena historia bien narrada, con personajes que tienen mucho que perder.

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