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Reflexiones sobre Argentina y el G20: lo que la cumbre nos dejó

Reflexiones sobre Argentina y el G20: lo que la cumbre nos dejó

En el medio de una profunda crisis económica, generada por el plan económico implementado por la gestión de gobierno de Macri, se realizó por primera vez en nuestro país y en Sudamérica la cumbre del G20.

Por Santiago Martorelli

 

Rodolfo Puiggrós dejó una profundísima obra, incompleta, llamada “Historia crítica de los partidos políticos”. Esta obra plantea entre otras cosas que el curso de la vida política y económica de un país depende de la confluencia de una serie de factores que configuran la correlación de fuerzas que define el carácter de su Estado y por supuesto su posibilidad de desarrollo. En esta definición confluyen las causas externas y las causas internas.

En un mismo fin de semana asistimos como si fuera una postal para ilustrar la concepción de la que hablamos, el cruce contundente y esclarecedor de esos factores concentrados en nuestro país, en la ciudad de Buenos Aires: las causas externas y las internas.

G20: Foro de la asimetría y desigualdad

El G20 es un foro internacional conformado por 19 países: los más ricos, los llamados países emergentes más la Unión Europea. Este foro fue creado en 1991 para que los ministros de economía y autoridades monetarias de los países integrantes tengan un espacio para debatir en torno a la regulación del sistema financiero internacional y el comercio.

El grupo renació en el 2008 y por iniciativa de EEUU, se constituyó como cumbre. Ya no participaban sólo los ministros de economía, ahora contaba con la presencia de los presidentes y primeros ministros. Tal modificación giró en torno al estallido de la gran crisis financiera, que tuvo epicentro en EEUU y se conoció como la crisis de las hipotecas sub prime, que por supuesto generó consecuencias en la economía mundial.

También participan altas autoridades de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, la OCDE y el Foro de Estabilidad Financiera.

Según la información que el mismo G20 provee en su página oficial, las economías de los países integrantes representan el 85% del PBI mundial, el 66% de la población mundial, el 75% del comercio internacional y el 80% de las inversiones globales. La carta de presentación del foro revela su espíritu. Las asimetrías que expresa son los intereses que consagra y legitima, y por supuesto que defiende.

Digamos que son 19 países discutiendo la economía mundial sobre un total de 194 estados nacionales, menos del 10%, y algunos de ellos naturalmente en un rol subsidiario respecto del rol que ejercen las potencias económicas.

De la población se podría decir que solo dos países integrantes (China e India) representan casi el 40% de la población mundial, el resto de los países miembro representan el 26%. Es decir que el G20 sólo representa el 66% de la población del mundo y excluye de la toma decisiones, pero no de la repercusión de las políticas económicas y acuerdos comerciales, al 34% de los habitantes del planeta.

El 85% del PBI, es sólo el 10% de los estados nacionales y son además quienes discuten para definir el destino de la economía mundial. Como dicen las abuelas, es poner al zorro a cuidar el gallinero. Sin profundizar en torno a las asimetrías entre los países ricos y los emergentes que integran el foro, ni tampoco a la brutal desigualdad hacia el interior de cada uno de estos.

La profunda desproporción que expresa que este puñado de países represente el 85% del PBI, el 77% del comercio, y el 80% de las inversiones es síntoma claramente de la agenda de discusiones qué plantea el G20.

Por lo tanto, no integra la agenda de discusión del foro la reforma de las estructuras económicas y sociales que consagran esta desigualdad estructural y profunda. Si no más bien se transforma en el reaseguro para impedir la discusión en torno a las reglas que rigen el comercio internacional, que impiden que los países en vías de desarrollo puedan planificar el crecimiento autónomo de sus industrias mediante estímulos subsidios y aranceles, o las reglas de propiedad intelectual que bloquean también el desarrollo tecnológico independiente, entre otras aéreas que quedan claramente fuera del debate.

América Latina: terreno perdido

Los tres Estados participantes que pertenecen a América Latina, lo hacen por razones distintas.

La  inclusión de Argentina en 1991 es la que parece más difícil de explicar por el volumen de su economía, medida por las variables que al G20 parecen interesarle. Fue una estrategia diplomática ideada por el entonces canciller de la presidencia de Carlos Saúl Menem, Guido Di Tella; desde la política de alineamiento practicada con EEUU.  El argumento central de dicha estrategia era la necesidad de construir un contrapeso regional a la creciente economía brasilera que ya en ese entonces asumía el carácter de economía emergente.

En ese marco la inclusión en el G20 constituía una estrategia de EEUU para convocar aliados regionales que le permitan desplegar su diplomacia económica y financiera con mayor contundencia. Pero a partir del 2008, cuando el Grupo asumió mayor protagonismo, la participación de América Latina iba a ser muy distinta.

Gobernaban en Argentina Cristina Fernández de Kirchner y en Brasil Lula da Silva, participantes directos del G20; pero además funcionaban como representantes de una política regional que tenía una agenda propia con Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador.

Ya se había dado en el 2005 la Cumbre de las Américas en Mar del Plata donde se sepultó el ALCA impulsado por EEUU, con una activa participación del Presidente Néstor Kirchner; y se empezaba a instalar una agenda propia para América Latina que iba a madurar. Por otro lado, el surgimiento de los BRICS en 2003 contribuyó a alimentar la construcción de una agenda de los países emergentes que ponga en discusión las asimetrías consagradas como cosa juzgada en la agenda internacional.

En ese marco el G20 constituyó un ámbito para amplificar los debates planteados por el bloque regional, y por lo tanto una buena oportunidad para instalar esa agenda frente a los países más ricos. De manera que tomando la conceptualización esbozada por Puiggrós a la que aludíamos al principio, las causas internas entre las que podemos enumerar las transformaciones generadas en el gobierno de ese momento, sumada a las causas externas en la perspectiva regional y el condicionante externo, la relativa debilidad del sistema financiero internacional, se expresaron con claridad en el protagonismo y en los avances relativos de los países emergentes y de bloques regionales como América latina.

Argentina y Brasil: incondicionalidad y alineamiento

Esta situación, en esta postal que nos brinda la cumbre celebrada en Argentina, nos revela un cambio en el sentido inverso. Hoy, la agenda que sostienen los países de América Latina es una agenda funcional a los países ricos.

Gobiernan en Argentina Mauricio Macri y en Brasil Michel Temer y llega en cuestión de días, Jair Bolsonaro, ambos plantean un alineamiento con EEUU y los países ricos en la región. Ya no está Chávez, ni Correa, y si bien Evo mantiene la vitalidad de su gobierno, el bloque regional se ha desmantelado.

Sólo queda la esperanzadora asunción de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México que plantea una agenda cercana a la que sostuvo el bloque regional en América Latina. Y hoy constituye terreno perdido.

La cumbre había decidido realizarse en Argentina en 2016, cuando las expectativas del gobierno de Macri en la región encajaban con las expectativas de algunos de los principales integrantes del G20, que pretendían dejar expresado así el apoyo al cambio de la dirección de las políticas económicas para América Latina.

La cumbre llega dos años después de esta decisión a un país cuya economía está sumergida en una profunda crisis; a un país que tuvo que firmar un acuerdo con el FMI para reducir el impacto de la crisis económica y financiera; y aun así no ha logrado superarla y ahora se encuentra endeudado con cifras exorbitantes y una parálisis económica alarmante.

Parece que lo que pretendía modelar el G20 como éxito hoy lo exhibe como un nuevo fracaso de los planes y el rol que pretenden asignarles a los países emergentes. Que quedan sumergidos.

América Latina ya no existe como un bloque regional y esta debilidad es funcional a la agresividad de la política exterior de EEUU y China, y la presencia expectante y permanente de la Unión Europea con el liderazgo de Alemania.

Guerra de Titanes

Argentina, en su rol de presidente del G20, fue un reflejo de lo que sucede en esta guerra comercial, más efecto colateral de la guerra que causa o consecuencia de ésta.

La mención de la vocera presidencial de EEUU de que en la reunión entre Macri y Trump donde dice que hablaron de la depredación comercial China, pone al descubierto de que Argentina y los países emergentes van a ser campo de batalla más que actores de dicha guerra. Tratarán de hacer un obediente y difícil equilibrio entre EEUU y China que intenta desembarcar con más fuerza en la región.

La firma del documento refleja más los desacuerdos que los acuerdos: respecto del comercio internacional y el Acuerdo de Paris referido al cambio climático, y expone a los contendientes que concertaron una cena al final del foro para definir los nuevos pasos hacia el equilibrio o desequilibrio del “nuevo orden mundial”.

Mientras tanto en América Latina y en nuestro país en particular, sin ánimo de forzar una conclusión se podría decir que liberalismo económico como causa interna es la contracara de las nuevas formas de colonialismo como causa externa. Hay cosas que cambian. Eso no cambia.

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