Desde hace ya un tiempo, en la Argentina la palabra “boludo” se utiliza como un modo afectuoso y canchero de nombrar a un amigo. Pero esta palabra es también considerada un insulto. ¿Contradictorio, no? Aún más loco es ponerse a pensar que, mucho tiempo atrás de que empecemos a pensarla como una “mala palabra”, ésta era utilizada para nombrar una posición en los campos de batalla.

Así lo explica la escritora María Laura Dedé,  autora del libro Deslenguados, una suerte de diccionario de “malas palabras”.

“La historia de la Historia dice que los primeros boludos fueron los valientes gauchos que, en las Guerras de Independencia, mataban a los españoles con sus bolas de piedra y sus boleadoras“, explica el libro.

El relato continúa contando que “en la primera fila iban los ‘pelotudos’, quienes derribaban a los caballos enemigos con grandes piedras o pelotas. En segunda fila estaban los lanceros, que pinchaban a los jinetes caídos; y en tercer lugar, los boludos, que terminaban de matarlos con las boleadoras”.

La autora recuerda un día en el que un diputado dijo: “no hay que ser boludo”. “Así quedó: pelotudo y boludo eran los que se dejaban matar, aunque, según este señor, ser pelotudo era peor, porque iban adelante. Se ve que el diputado no entendía que los gauchos estaban defendiendo la Patria…”, remarca Dedé.

Deslenguados se divide en tres secciones, cada uno con un color característico:

1) Las “malas palabras”, en amarillo, separadas a su vez en “feas, sucias y malas”. Según Dedé, estas palabras tienen que ver con nuestro canon social de belleza, lo escatológico y lo sexual, respectivamente.

2) Los improperios, anaranjados, que son los insultos exclusivamente verbales, los ofensivos por antonomasia.

3) Las “cosas peores”, en rojo.

Por suerte, también hay una sección llamada “palabras mágicas”, que están en color verde. “Son las que sirven para acercarnos y avanzar”, reconoce Dedé.

Sobre el origen de este libro, la autora explica: “Muchas de las palabras que venía escuchando me estaban cayendo mal. Fue una cuestión visceral: tuve que expulsar lo que me pasaba con esa violencia verbal a la que estamos sometidos cotidianamente en casa, en la escuela, en la calle, en el trabajo y en los medios”.

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