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Midsommar: un viaje turbio e impactante

Midsommar: un viaje turbio e impactante

 Luego de meses de retraso, llegó al país una de las películas de horror más comentadas del año, de la mano del director de Hereditary.

Por Maxi Muñoz. 

En el cine hay géneros y estilos de todo tipo y para todos los gustos. Algunas películas son hechas para ser vendidas como blockbusters; otras son parte de sagas o franquicias enormes; otras buscan una historia más íntima y verdadera; otras buscan primar el factor artístico; y otras buscan solamente sorprender. Sin dudas, Midsommar de Ari Aster, es de estas últimas que busca que el público salga de la sala de cine preguntándose qué es lo que acaba de ver. Estrenada en julio en Estados Unidos, recién ahora llega al país con altas expectativas, especialmente entre los cinéfilos y el boca a boca en el que se basó su campaña publicitaria. 

No es menor dato que sea producida y distribuida por A24, quien se caracteriza desde hace seis años en apostar a películas de historias y propuestas no convencionales, de las cuales muchas han tenido éxito y una gran recepción por parte de la crítica. Podemos nombrar algunas como Locke, The Witch, The lobster, The sea of trees, Lady Bird, The disaster artist, Mid90s, Clímax, Hereditary y la ganadora al Óscar por mejor película del 2017, Moonlight. Ari Aster se encargó de dirigir Hereditary, que fue catalogada por la crítica y el público como una de las mejores películas del 2018, y una de las mejores del género de terror en los últimos tiempos. Ahora vuelve con otra historia que sigue una lógica parecida que hizo triunfar a Hereditary: salirse del uso de las herramientas clásicas del terror, y centrarse en el horror psicológico, la perturbación y el suspenso llevado hasta niveles agobiantes.

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El horror de la belleza

La historia nos presenta a una pareja compuesta por Dani y Christian, quienes en medio de una crisis en su relación y, esencialmente, en sus vidas personales, parten en un viaje a una comunidad sueca; aprovechando que sus amigos van hacia allí por unos estudios para una tesis de antropología. En dicha comunidad se está por vivir una celebración por el solsticio de verano, que tiene una gran presencia de las tradiciones y rituales nórdicos que, sin embargo, van a dar una enorme sorpresa a los visitantes extranjeros. Protagonizada por Jack Reynor como Christian y Florence Pugh como Dani —quien volverá a ser vista en próximas cintas como una nueva adaptación de Mujercitas y en Black Widow de Marvel—, Midsommar se sumerge en una historia impactante y poco convencional donde, sin dudas, es difícil no sentir una montaña rusa de emociones al verla.

Es complicado despojarse de una comparación con Hereditary —para lxs que la hayan visto—, por su parecido en la concepción que tuvo Ari Aster al abordarla. Pero sin dudas hay muchas cosas que la hacen valerse por sí sola. En primer lugar, la cinta tiene una clara intención de chocar en la cabeza de lxs espectadores, con un horror psicológico que “no deja títeres sin cabeza”. Es de aquellas cintas a las que hay que predisponerse para verlas, y no es sólo para entretenerse por un rato. 

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Una de los factores más característicos de esta película es que es una donde en la paleta de colores prima el blanco, y donde su fotografía no busca nada oscuro, sino todo lo contrario. Busca una belleza visual que transmita una cierta paz; algo que es explotado con un escenario de mucho verde, flores, y adornos. Pero Aster logra mezclar todo este universo estéticamente bello con una oscuridad y un sadismo que recuerda que esto es una película de horror. Lo bello y lo horrible van en sintonía. La paz y la violencia. Todo en conjunto conforma una historia donde las sensaciones de incomodidad son constantes. 

Otra de las características que es un gran punto a favor, es que el territorio donde Aster nos sumerge es uno alejado de lo que tradicionalmente se ve en el cine de terror. Especialmente uno que en los últimos tiempos se ha empapado de lo sobrenatural. El director se nutre del súb-género de películas de culto, teniendo a The Wicker man (1973) como una de sus referentes. En Midsommar, todo es atravesado por lo terrenal, por rituales, tradiciones y creencias que ponen al público en suelo desconocido. Es el terror de no saber qué es lo que sucede. La intriga y el misterio son recursos bien utilizados, que nos hace sentir sumamente ajenos y fuera de lugar. Si bien en Hereditary la herramienta principal para generar terror era la construcción de climas y escenarios agobiantes, aquí es la extrañeza lo que en verdad da escalofríos. En gran parte es impredecible por donde se la mire. Si bien el director sabe que el público siente que algo malo va a pasar —especialmente cuando comienza a escucharse una banda sonora que por otro lado es aplastante y magnífica—, se centra no en el qué, sino en el cómo. Y esto lo explota de una manera en verdad eficaz.

Al igual que en Hereditary, el director realiza un estudio sobre la pérdida, el trauma y las relaciones humanas. Y este arco de conflicto interno de los personajes es algo que va siempre por detrás de la trama principal que es conocer el culto. Las actuaciones están muy bien realizadas, y Aster se permite además jugar con la cámara, poniéndole un ojo también artístico que acompaña a todo el ambiente que se crea. Si bien hay espacios de terror clásico donde la construcción de tensión está muy bien hecha y logra dar un que otro buen susto, lo importante de Midsommar es el shock. Difícil de ver dos veces seguidas por lo perturbadora que puede llegar a ser. No desde la clásica oscuridad del cine de terror convencional, o por la cantidad de sangre que se vea —y que sí tiene escenas fuertes y sangrientas— sino por todo el conjunto; por la película en su totalidad. 

El shock es mental, emocional, psicológico y hasta inclusive estomacal. Y lo logra sin exagerar en el gore o en los ambientes fúnebres. Podemos nombrar otras películas que buscan el impacto, como Requiem for a dream (2000), la cual es difícil de ver, aunque por sus temáticas depresivas y una cinematografía que es asquerosa, psicodélica y oscura por demás. Aquí es esa belleza que va de la mano del horror lo suficiente para dejarnos sin palabras. Aunque también hay mucho de la alucinación en una cámara juega con distorsionar la realidad. Hacia la mitad se ralentiza y cae un poco en un guion que roza con volverse repetitivo, por lo que la cinta pierde bastante ritmo. Y además ese drama de los personajes y el arco que va por detrás queda desaprovechado. Pero luego remonta con unos últimos cuarenta minutos donde querés que la película termine; no por lo aburrida, sino por lo turbia que se pone.

En conclusión, Midsommar es de aquellos filmes que no pueden dejar de mirarse. Que tomó muchos riesgos y los aprovechó al máximo. Sin dudas, no es para cualquier público, y en su esencia hasta es lo suficientemente pretenciosa para chocar con un deseo de convertirse en cine de culto. Aunque puede verse en la web, es una buena experiencia para la pantalla grande o para verla encerrado sin interrupciones. Perturbadora, audiovisualmente excelente, y con una historia difícil de olvidar, Midsommar se pone entre lo mejor del año.