Sociedad

Los pocos méritos de la meritocracia

Los pocos méritos de la meritocracia

 Por Nicolás Torres Ressa, Lic. en Filosofía (UNLP)

Hace un par de días tuve la fortuna de volver a encontrarme con un viejo amigo al que no veía desde hacía tres años, cuando se fue a vivir a España. Vino de visita, sin avisarle a nadie. Ni bien bajó del avión, armó un grupo de Whatsapp, en el cual nos informó a mi y a tres amigos más sobre su intempestiva llegada. Acto seguido, nos envío una selfie desde el aeropuerto de Ezeiza, para que no pensáramos que era todo una broma; se lo veía radiante, feliz de regresar (aunque no fuera más que por unos pocos días) a su país de origen. Nosotros también estábamos muy contentos (y no menos sorprendidos) por su visita. Minutos después, nos mandó un audio: estaba tomándose un remise hacia La Plata, ya estaba en la Autopista, a punto de llegar al peaje Hudson; esa misma noche quería vernos a todos en un bar de la diagonal 74. “Voy a pagar todo yo”, nos aseguró.

Alrededor de las 9 de la noche fuimos para su casa, que queda en pleno microcentro platense. Le dimos un fuerte abrazo, que él nos agradeció sonriendo mientras se le caían algunas lágrimas. No era para menos: somos todos muy amigos desde pibes. A los pocos segundos, parecíamos nuevamente aquellos adolescentes de 15 años que fuimos hace mucho tiempo, que pasaban horas riendo y jugando a la Play. A eso de las 11 de la noche, nos fuimos para la diagonal 74. Tomamos unas cervezas artesanales y comimos unas papas con cheddar. Después de que nosotros le contamos todas las cosas que habían pasado en nuestro país, en nuestra ciudad y en nuestras vidas, nuestro amigo nos dijo que actualmente está trabajando en Madrid para un centro de biotecnología, que está ganando un muy buen sueldo y que por primera vez en mucho tiempo es feliz haciendo lo que ama. Eso provocó en todos una gran alegría: sabíamos que él había pasado por un montón de dificultades mientras hacía la carrera de Licenciatura en Biotecnología y Biología Molecular. Dificultades de todo tipo, pero sobre todo económicas: a los 19 años, en su segundo año de facultad, empezó a trabajar a la par que cursaba. Muchas veces lo habíamos visto quebrar en llanto, con muchísima ansiedad y frustración; muchas veces lo habíamos oído decir que no sabía si iba a continuar con sus estudios. A pesar de esos instantes de debilidad momentánea, nunca lo vimos aflojar; por eso para nosotros esa noche fue muy especial. Con una gran alegría, hicimos un brindis y nos entretuvimos durante varias horas charlando. Al final, tal y como había prometido (y haciendo caso omiso a nuestras objeciones), él se hizo cargo de todos los gastos.

“Tal vez sea cierto eso de que cuando uno quiere algo, no tiene que parar hasta conseguirlo” pensé cuando volví a mi departamento y me acostaba en mi cama. “Si nos lo proponemos, podemos hacerlo todo”, concluí, mientras cerraba mis párpados, segundos antes de caer dormido.

Al día siguiente tenía que ir a la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Desde la estación de Constitución hasta dicha facultad, debí tomarme dos subtes. En el segundo subte, la voz ronca de un anciano que vendía agendas rompió con el silencio que había hasta el momento. Se presentó. La razón por la que vendía esas agendas era su hijo, que tiene una enfermedad terminal. Hacía lo imposible por ayudarlo. El viejo tenía cara de sufrimiento, de haber pasado por muchísimas tribulaciones y de no haber podido disfrutar de muchos segundos de paz en toda su vida. Inmediatamente,mis neuronas se pusieron a hacer sinapsis; me quedé absorto en mis pensamientos y casi más me bajo en la estación equivocada. ¿Por qué hay tantas personas como aquel viejo, que están toda su vida luchando contra viento y marea, pero que nunca consiguen sus objetivos? ¿No era que todo esfuerzo en algún momento obtiene su recompensa? ¿Por qué hay gente a la que siempre le tocan pálidas y rara vez alguna buena? ¿Esa gente no se ha esforzado lo suficiente? Me detuve en esta última pregunta, casi al mismo tiempo que atravesaba la puerta de doble hoja del subte para bajarme en la estación Puán. No tengo la respuesta a todas las preguntas que me hice, pero sí puedo responder de alguna manera la última. Esa última pregunta es la esencia de la meritocracia.

Se han escrito ríos de tinta sobre lo perversa que es la meritocracia. Una de las principales críticas que se le han hecho (crítica que comparto) es que la meritocracia “borra” de nuestro horizonte de expectativas a la política. Si lo único que cuenta en la vida es el esfuerzo que cada individuo, aislado y separado del resto, ha hecho, ¿qué lugar puede pensarse para algún tipo de acción colectiva? ¿qué lugar puede pensarse para las políticas públicas? ¿cómo puede pensarse en una comunidad, si lo que tenemos en nuestras cabezas es una mera suma de individuos que parecen no tener nada que ver entre sí y que parecen no tener nada que decirse el uno al otro? En filosofía, diríamos que todo discurso arroja luz y a su vez deja envuelto en las tinieblas de la incomprensión todo aquello que no ha sido alcanzado por esa luz; pues bien, para el discurso meritócrata, la política es una palabra ininteligible, una expresión oscura y sin sentido, sin razón de ser, una palabra casi “decorativa”. Otra crítica (a la que también suscribo) consiste en vincularla con los valores del neoliberalismo, es decir, con los valores de una sociedad líquida dominada por los criterios de eficiencia y de productividad propios del mercado, que ignora sistemáticamente las desigualdades sociales. Yo propongo una crítica más, que sigue la misma línea que las dos que he enumerado, que espero que pueda llegar a servir para adentrarnos en aguas más profundas aún.

Me parece correcta la asociación entre meritocracia y anti-política, y entre meritocracia y neoliberalismo. Sin embargo, creo que la meritocracia no se agota en el neoliberalismo (es decir, la versión de la anti-política que fue hegemónica durante los años ‘90). Hoy estamos ante una nueva forma de anti-política que es todavía más grotesca y más amorfa; el neoliberalismo contaba con un instrumental conceptual temible, que lo había heredado de los grandes filósofos de los siglos XVIII y XIX; tenía toda una teoría acerca de qué era el hombre, acerca de qué era la libertad, acerca de cómo debía regirse una sociedad perfecta. El neoliberalismo fue un paquete de ideas que las élites quisieron aplicar a la realidad para transformarla según sus intereses. Podríamos decir que era una ideología, si entendemos la palabra “ideología” como un conjunto de ideas desvinculadas de la realidad. El siglo XX fue una época donde la posibilidad de la Revolución (o la posibilidad de sofocarla) pasaba por las ideologías: la ideología liberal por un lado, y las distintas ideologías de izquierda por el otro. Tanto unos como otros consideraban las ideas como formulaciones abstractas y perfectas, que debían llevarse a la práctica en la realidad imperfecta. En el siglo XXI, con la consumación de la caída de todos los meta-relatos, las ideologías se han vuelto anacrónicas; ya no se pelea por quién va a cambiar la realidad, sino por quién va a crearla, quién va a construir los conceptos a partir de los cuales pensamos el mundo. El siglo que corre actualmente es heredero de los grandes pensadores de la posmodernidad, que han puesto en un coma aparentemente irreversible a los ideales absolutos; ha descubierto el poder performativo del lenguaje, se ha dado cuenta de que todo discurso siempre es situado y que nunca será neutral. Los liberales, los socialistas, los comunistas y los anarquistas de los siglos XIX y XX legitimaban sus propias ideas apelando a la neutralidad de la ciencia, ofrecían basamentos científicos para sustentar sus ideologías. Los posmodernos han dinamitado la noción de “progreso por medio de la racionalidad” y la de “la neutralidad de la ciencia”; los ecos de esas explosiones se siguen oyendo hasta el día de hoy. En resumen, el siglo XXI es el siglo de las perspectivas, de los pensamientos situados siempre en un contexto, de los pensamientos “débiles” por no estar sometidos a ninguna clase de compromiso con lo absoluto.

La derecha y la izquierda, por este motivo, hoy han cambiado y ya no son tan fácilmente identificables ni tan fáciles de clasificar. Si tuviera que dar una definición laxa de estos términos, yo diría que una perspectiva de izquierda es una perspectiva que apuesta al encuentro con el otro, que apuesta por el acercamiento entre las personas; por el contrario, una perspectiva de derecha sería una perspectiva del alejamiento, del distanciamiento, de la desconfianza, del “pero…”. La meritocracia es la porquería tan nociva que es no sólo porque reduzca las relaciones humanas a relaciones mercantiles, de transacción de bienes y servicios. Lo es, ante todo, por el hecho de poner “algo” en el medio de las relaciones entre las personas, un “algo” que interfiere, que obstruye la comunicación, que bloquea el encuentro. La derecha, de alguna forma u otra, siempre intenta colocar “algo más” en el medio de la relación que establecen dos o más personas. El discurso de la inseguridad delictiva coloca el miedo; el discurso patriarcal, el placer obtenido a expensas de considerar a la mujer como un objeto y una posesión. El discurso de la meritocracia, por su parte, hace lo suyo con el mérito. La meritocracia instala la idea de que los seres humanos tenemos un valor, y que la medida de ese valor son nuestros propios méritos, hace sonar ridícula y escandalosa la idea de que algo pueda ser gratuito. Si radicalizáramos la meritocracia, no podría tener cabida lo más gratuito que hay entre las cosas gratuitas: el amor. La meritocracia va a contracorriente de la vida, porque intenta convertirla en una ecuación donde a tal mérito le corresponde tal premio, con la correspondiente suba (o baja) en la calidad de ser humano. Intenta convertir el mundo en una gran formula matemática, donde todo debe ocurrir necesariamente según un plan previsto de antemano, sin la más mínima apertura a que ingrese el soplo de aire de lo inesperado. Lo inesperado es aquello que en filosofía se lo llama “contingente”, lo que es de una manera pero que puede ser de otra, lo que nunca sabemos cómo será, lo que desactiva todos nuestros cálculos y todas nuestras especulaciones. Una perspectiva de izquierda, al ir en contra de la meritocracia, creo que apuesta por la riqueza de las relaciones humanas y por colmarlas con la belleza de la contingencia.

Esto no significa de ninguna manera dejar de alegrarnos por nuestros méritos o por los méritos de los seres que amamos. Debemos distinguir entre el mérito y la meritocracia. La meritocracia asfixia al mérito y le quita todo lo bueno que tiene. Con ella, el mérito (es decir, alcanzar un logro, y disfrutar por haberlo alcanzado) deja de ser un sueño y se convierte en una obligación. La meritocracia nos hace sentir obligados a ser triunfadores seriales y a sentirnos culpables si no lo logramos. Nos termina birlando la felicidad, al mismo tiempo que nos propone una felicidad ficticia e inalcanzable. Por este motivo, no habrá mérito más grande que acabar con la meritocracia.