Sociedad

Las enfermedades mentales: un problema de urgente actualidad

Las enfermedades mentales: un problema de urgente actualidad

Por Nicolás Torres Ressa, Prof. de Filosofía (UNLP).

 Jueves a las 3 de la tarde, barrio de Tolosa. 30 grados de sensación térmica: “no sé en qué momento empezó a pasar”, pensé. Menos de una semana atrás, hubo días que por momentos hacía frío. Estaba caminando por Camino Belgrano: me había bajado del colectivo varias cuadras antes de donde quería ir. Tengo muy buena memoria con las fechas, pero la pifeo con las caras, con los nombres… y evidentemente, con las direcciones también. Después de caminar más o menos unas diez cuadras, llego a la casa de mi amigo Gonzalo. La idea era juntarnos a tomar unos mates, pero el calor era insoportable, así que decidimos comprar una botella de gaseosa, de un litro y medio. Nos pusimos a hablar acerca de nuestro laburo, de la facu y de nuestras familias (nos conocemos desde hace por lo menos quince años: yo conozco a casi toda su familia, igual que el a la mía). En medio de esa charla, Gonza me contó algo inesperadísimo. 

– ¿Te acordas de Matías, mi primo? – me preguntó.

– Obvio, amigo, ¿cómo no me voy a acordar? ¡Las veces que ha venido acá, que hemos viciado los tres con la Play! – le respondí. Matías tiene seis años menos que nosotros (tiene veinte años; nosotros, veintiséis); cuando éramos chicos, esa diferencia de edad se notaba más. Hacía mucho que no tenía noticias de él (cuatro años, por lo menos). Vive en Pergamino, pero antes se la pasaba viniendo de visita a La Plata, junto con los tíos de mi amigo. Siempre me da muy mala espina cuando una conversación empieza con un “¿Te acordas de…?”. Lo que viene después, rara vez suele ser muy bueno. 

– Anteayer lo internaron en una clínica psiquiátrica – me contestó.

– ¿Por qué, amigo? ¿Qué pasó? – le pregunté, asombradísimo. 

– Por lo que me contaron mis tíos, hacía meses que venía bastante para atrás. Los últimos días, estuvo encerrado en su pieza, acostado en su cama mirando al techo. Prácticamente no comía, no hablaba, no pronunciaba ni una sola palabra. Tenía la mirada clavada en el techo. Mis tíos estaban desesperados, sin saber qué hacer, sin entender nada. El día antes que lo internaran, de la nada empezó a gritar que alguien lo estaba observando, que alguien estaba controlando sus movimientos. Se puso violento. Según mi tía, estaba irreconocible. Lo llevaron a una clínica, donde decidieron que lo mejor era que esté internado unos días. Al parecer, tiene una enfermedad psiquiátrica. 

– Amigo, me dejaste helado con lo que me contaste. Mati… la verdad que no lo puedo creer. Me acuerdo de todas las tardes acá, todos juntos; me cuesta imaginar que esté pasando por todo esa situación. No entiendo nada, Gonza. 

– Yo tampoco, amigo. Es mi primo, pero siempre fue como mi hermano menor. Ya es el tercer día consecutivo que no puedo parar de llorar… y sabés que no lloro muy fácilmente. Dicen los psiquiatras que esas enfermedades empiezan a manifestarse en la adolescencia. Ese es el momento en que ocurre el primer brote

– ¿Ese es el famoso brote psicótico, Gonza? ¿Bien qué es? Me acuerdo que algunos famosos y mediáticos lo tuvieron. 

– Es un episodio donde, abruptamente, la persona pierde el contacto con la realidad. Se le dice “brote” porque prácticamente es de la nada. Es completamente inesperado. Empieza a tener delirios y alucinaciones

– ¿Eso es lo que le pasó a Mati, no? Cuando empezó a decir que alguien lo estaba persiguiendo… eso era un delirio. 

– Sí, Nico. Fue un delirio persecutorio. Y las alucinaciones consisten en ver cosas que no están… o en escuchar sonidos que no existen, también. Escuchar voces adentro de tu cabeza; estar seguro que una persona te dijo algo, cuando en realidad no te dijo nada. 

– ¿Y no hubo forma de hacerle entender que eran delirios, amigo? Es decir, que no eran cosas reales. 

– Es que ahí está el problema, Nico. El paciente psiquiátrico está absolutamente convencido de que sus delirios son reales. Está tan seguro de eso, del mismo modo que vos y yo estamos seguros de que estamos acá, tomando gaseosa, teniendo esta conversación. Esa es la diferencia entre una psicosis y una neurosis: al que tiene una psicosis, no lo podés sacar de ahí. El psicótico tiene la certeza de que sus delirios y sus alucinaciones son reales. En cambio, de la neurosis sí se puede salir. Un ataque de ansiedad, o un ataque de pánico, son neurosis, por ejemplo. 

– Gonza, te juro que te escucho y me angustio. ¿Eso significa que Mati va a seguir delirando para siempre? 

– Va a tener que hacer todo un tratamiento, dijo el psiquiatra. Va a tener que tomar una serie de medicamentos, llamados antipsicóticos, que lo van a ayudar a estar estable, y a que el delirio baje de intensidad. Los delirios los va a seguir teniendo, pero va a poder controlarlos. Cuando pasa eso, los psiquiatras dicen que el delirio tiene vigor bajo. 

– Amigo, me sorprende la cantidad de info que estás manejando. 

– Sabés cómo soy, Nico. Inmediatamente, me puse a buscar, a escuchar entrevistas, a intentar comprender qué es lo que está pasando. Y además, sabés que soy muy manija. La gente tiene un montón de prejuicios acerca de las personas que tienen problemas de salud mental. 

– Está la idea de que la persona que está loca, es tonta, por ejemplo. 

– Ahí te corrijo, amigo: la palabra locura ya no se usa más en psiquiatría. Se habla de enfermedades mentales. Así como hay enfermedades del cuerpo, hay enfermedades que son de la mente. Y todas las enfermedades pueden tratarse. Antes, cuando se hablaba de “locos”, se hablaba personas que se creía que eran irrecuperables. No es así. Hay casos más difíciles que otros, pero la inmensa mayoría de las personas con una enfermedad mental, pueden rehabilitarse. ¡Y no! ¡La inteligencia no tiene un rábano que ver! Se puede ser una persona bipolar, o esquizofrénica, y ser muy, pero muy inteligente.

– Lo de la palabra “locura”, no lo sabía. ¿Y qué otros prejuicios hay, Gonza?  

– Muchos creen que una persona con una enfermedad mental, no puede trabajar. No es así: si recibe el tratamiento adecuado, puede hacer la misma vida que cualquier persona. Ni más, ni menos. Es fundamental que entendamos eso. También se cree que esas enfermedades se heredan. No está comprobado: algunos sostienen que sí, otros que no. 

– ¿Es verdad que son enfermedades del cerebro, amigo? 

– Ese también es otro punto que discuten los psiquiatras. Algunos piensan que sí, que las enfermedades mentales surgen por un problema con el cerebro y con los neurotransmisores. Otros piensan que puede haber causas familiares, o sociales. Una situación traumática de la infancia, una crisis económica, una guerra. Digamos que hay dos posturas. Según una, las enfermedades psiquiátricas son resultado de determinados problemas en el cerebro, que serían de nacimiento; según la otra postura, se originan a raíz de determinados factores sociales, los cuales ocasionan problemas en el funcionamiento del cerebro.

– Es un poco como la discusión de quién fue primero: el huevo o la gallina.

– Más o menos así, amigo. Después, tenés ochenta mil posiciones que están en el medio entre una y otra. Pasa que la psiquiatría es una ciencia bastante joven, empezó a existir hace menos de 200 años. También está la idea de que el psiquiatra, lo único que hace es encajarte pastillas. No es tan así. Hay tratamientos que son sin medicación. Los casos más graves, obviamente requieren de algún medicamento. La vez pasada escuché a un psiquiatra que dijo una frase muy interesante: “cada caso es distinto, porque no hay enfermedades, hay enfermos, hay personas individuales que se enferman, y cada persona es distinta”. Otra idea falsa es que sólo tienen brotes psicóticos los que tienen una enfermedad: también está la posibilidad de que una persona, que no esté enferma, experimente un brote. Eso ocurre con el consumo de drogas, por ejemplo. 

– Amigo, entonces me parece que hay un montón de prejuicios que hay que desarmar, para no discriminar a una persona que tiene una enfermedad mental. 

– Tengo entendido que la Ley de Salud Mental, que se sancionó en el 2010, pero se empezó a aplicar en el 2013, tiene esa finalidad. Uno de los objetivos de esa ley es que deje de haber hospitales específicos para gente con enfermedades mentales, sino que esas personas estén internadas en hospitales generales. La idea de fondo es que los pacientes psiquiátricos no son personas a las que hay que aislar, como en la época de antes, cuando se creía que había locos y se los encerraba en el loquero, en el manicomio. Esas palabras se siguen usando, pero está mal dicho. Los casos más graves, obviamente que sí, hay que darles un tratamiento especial, pero no a la gran mayoría. Esta ley también quiere acabar con esto de las internaciones de por vida. Fijate cuánta gente está internada desde hace décadas en Melchor Romero, sin la más mínima posibilidad de poder rehacer sus vidas. El objetivo es que sean lo más breves posibles. 

– Parece útil esa ley, amigo. Y te agrego una cosa más: vivimos en una sociedad que es completamente exitista, que busca estar constantemente feliz y contenta. Eso no existe, y hay que cambiarlo urgente. No es sano para nadie.