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La misma sangre

La misma sangre

El cine argentino comenzó el mes de marzo con una nueva propuesta de la mano de Miguel Cohan: La misma sangre. Una película que se vende como un thriller de suspenso pero que sin embargo, conforme avanza la trama el director nos lleva hacia un lado completamente diferente.

Por Maximiliano Muñoz

<<La solidez de la familia de Elías (Oscar Martínez) se ve puesta a prueba con la muerte de su mujer, que desata un inesperado entramado de sospechas e intrigas»; con esta sinopsis se nos presenta La misma Sangre. Y al inicio, la película nos pasea por este relato durante la primera media hora. Nos muestran a una familia bien acomodada, y una pareja a primera vista sólida, compuesta por Santiago –Diego Velázquez- y Carla –Dolores Fonzi-. Luego del accidente que causa la muerte de Adriana, la madre de Carla –interpretada por la actriz chilena Paulina García- el director va dejando pistas muy evidentes, a partir de una mirada desde la perspectiva de Santiago, hacia la sospecha de que Elías asesinó a su propia mujer. En este primer tramo la narrativa de la cinta es de suspenso, y todo avanza cada vez más rápido hacia un final algo obvio.

Pero la trama da un giro repentino hacia la mitad de la cinta, en lugar de hacerlo al final. Mediante el recorrido de los mismos sucesos, pero cambiando el punto de vista hacia Elías, Cohan nos muestra qué fue lo que en verdad pasó esa noche; cómo es que murió Adriana. A partir de aquí el estilo narrativo con el que el filme transcurría cambia completamente. En un comienzo fue una decisión acertada la de dar un giro novedoso a la mitad de la película, y más en un cine argentino plagado hasta el hartazgo de thrillers de suspenso y policiales que siguen un mismo estilo narrativo. Pero si bien la intención del director fue buena, el filme por momentos comienza a estancarse y a perder un importante ritmo.

La película de aquí en adelante se centra de lleno hacia el personaje de Elías. Se nos muestra como este va cayendo más y más hacia lo oscuro de su ser, y la desesperación se apodera de él debido a una vida que cae en picada por las deudas familiares y el fantasma de su esposa atormentándolo. Aquí es todo un viaje interno que Oscar Martínez logra expresar de manera muy efectiva, siendo esto quizás uno de los únicos puntos fuertes de la película. Pero sin embargo, como dijimos antes, la historia queda estancada, el suspenso que estaba en los primeros minutos queda totalmente borrado, llevando todo hacia un drama que por momentos se vuelve algo tedioso.

Si hablamos del resto de los personajes, cada uno tiene aunque sea cinco minutos donde el director posa su mirada en ellos. Pero sin embargo, sigue siendo Elías el principal foco. Hay que decir que la estructura con la que se dividió la película no distribuyó muy bien el tiempo a cada personaje. La primera parte se centra en el punto de vista de Santiago, y allí se lo explota. Con el giro narrativo la mirada se corre hacia Elías, que se lo exprime hasta el final. Pero la tercer y última parte, luego de que nos mostraron que pasó esa noche, para seguir contando el después, el director busca darle un protagonismo a Dolores Fonzi que, a pesar de su buena actuación, su personaje no logra nunca caber del todo en la historia; se la siente algo fuera de lugar.

El director eligió un hilo conductor en el que la película estaría haciendo referencia durante toda su duración, partiendo desde el propio titiulo: la herencia familiar. Ya el comienzo es una escena del padre de Elías (dueño de una pequeña estancia) cayendo de un molino y muriendo en el acto. A partir de esta muerte, las deudas del negocio familiar caen sobre Elías, y estas poco a poco irán corrompiendo más su relación con su esposa, y más hacia el final con su hija. El desenlace es una explosión de todo lo acumulado, que por momentos se vuelve algo confuso, pero que finalmente vuelve a ese hilo conductor que es la unión sanguínea desde lo más puro a lo más turbio.

Miguel Cohan trae una película con una estructura narrativa bien marcada y un cambio de estilo que da un aire novedoso con respecto a lo que el cine argentino nos tiene acostumbrados. Con un buen comienzo la película pierde mucha fuerza con ese mismo cambio argumental que a pesar de los intentos de Cohan, no se logra explotar del todo, terminando con un filme que está sostenido en su totalidad en la figura de Óscar Martínez. Una cinta interesante, con buenos y malos momentos, y que sirve como ejemplo para que el cine argentino se anime a hacer cosas diferentes.