Sociedad

¿La autoestima es lo mismo que el egoísmo?

¿La autoestima es lo mismo que el egoísmo?

Por Nicolás Torres Ressa, Lic. en Filosofía (UNLP)

Tengo dos sobrinos (o, mejor dicho, una sobrina y un sobrino) que los amo profundamente. Siempre digo que ser tío es una de las cosas más maravillosas que me pasaron en la vida. Tristemente, en estos últimos meses no pude ir mucho a la casa de mi hermana a visitarlos: tanto ella, como mi cuñado, como yo estamos siempre ocupados, yendo de un lado para el otro, con mil cosas que hacer; se hace dificilísimo ponernos de acuerdo en un día y una hora para encontrarnos. Sin embargo, cada vez que puedo hacerme un espacio para verlos, no me lo pienso dos veces: por más que sea por un rato nada más, me mando para allá: me da una alegría enorme compartir una tarde con ellos. Con los sobrinos de mis amigos no suelo ser muy paciente que digamos. Los niños por lo general son demandantes, están siempre llenos de energía, no se cansan fácilmente; si te descuidas por un segundo, son capaces de tirarte abajo la cortina del comedor, rayarte las paredes, romperte una maceta, entre muchas otras cosas más. Mis sobrinos no son son la excepción, pero por más que sean unos pequeños demonios los banco a muerte; simplemente, me pueden.

La diferencia de edad entre mis sobrinos y yo no es ni mucha ni poca. La mayor tiene 12 y el menor, 9. Le llevo 14 años a mi sobrina, y 17 a mi sobrino. A primera vista, puede parecer una diferencia muy grande. No obstante, esos números son engañosos porque hay algo que no dicen: la cantidad de cosas que tenemos en común. Como millennial que soy, crecí con el Internet y con las redes sociales, igual que ellos. A los 8 años chateaba con el ICQ, con el MSN Messenger y navegaba por las páginas web de Nickelodeon y de Cartoon Network; en mi adolescencia, surgieron Fotolog y más tarde Facebook. Mis sobrinos ven los mismos canales infantiles que veía yo, usan Facebook y se pasan horas mirando videos en Youtube. No lo hacen desde los 8 años (como es mi caso) sino desde que nacieron: aprendieron a usar un celular de pantalla táctil antes de aprender a hablar. Los tres hablamos el mismo idioma, manejamos códigos bastante similares, aunque el avance imparable y vertiginoso de la tecnología hace que yo cada vez me quede atrás. Algunas cosas se me escapan, hay apps que ellos me muestran, que me cuesta entender cómo se usan. Así y todo, con mis sobrinos tenemos en común el hecho de estar familiarizados con el mundo virtual desde la infancia, es decir, desde una de las etapas que más te marcan para toda la vida. Mi hermana me lleva menos años que yo a mis sobrinos, pero ella empezó a usar las redes sociales en otra etapa distinta de su vida: ya finalizando la adolescencia.

Pienso mucho sobre el papel decisivo que juegan las apps y las redes en la vida de un niño y en la de un adolescente, que están recién formando su personalidad, que están dando sus primeros pasos en la relación con el otro. Los pibes se ven a sí mismos en las redes sociales, igual que como si estuvieran contemplándose en un espejo. Para ellos es de suma importancia cuál es el reflejo que ese espejo digital les devuelve. La autovaloración que tienen de sí mismos depende en gran medida de lo que ocurre ahí, dentro de las redes. Los Likes en Facebook y en Instagram, los Retweets en Twitter, el número de seguidores. Alguno me puede objetar que también hay muchísimos adultos que se desvelan por eso. Yo respondería que sí, pero que al menos esos adultos conocieron otro tipo de vida antes de que las aplicaciones empezaran a existir… o tal vez no . Tal vez, el gran drama de los niños y los adolescentes del 2019 no sea el uso las redes sociales. Tal vez hay otro problema de fondo mucho más importante, que nos esté pasando inadvertido. Es posible que el problema tenga que ver con una manera de relacionarse con el otro, que existe desde hace mucho, muchísimo tiempo, quizás incluso desde mucho antes que se inventara la computadora. Puede que los adultos y los niños tengamos dramas muy parecidos, puede que el avance tecnológico nos mareé un poco a nosotros los grandes y nos dé la falsa impresión de que los niños no tienen nada en común con nosotros. Me animo a decir incluso que los adultos y los niños decimos las mismas cosas, pero con lenguajes diferentes.

Me di cuenta de esto último hace unas semanas atrás, el domingo de Pascua. Ese día nos juntamos a almorzar toda la familia en la casa de mi hermana y su marido, en el barrio de City Bell. Como el día estaba lindo y soleado, decidimos ir a tomar unos mates (y de yapa, comer los huevos de chocolate) a Plaza Belgrano, que queda a dos o tres cuadras de ahí. Me entretuve charlando un rato con mis primos y con mi tío, a quienes no veía desde hacía como un mes, hasta que de pronto me di cuenta que mi sobrina estaba sentada en un rincón aparte, sola, con su celular en la mano y con cara de circunstancia. Me acerco a ella.

– Pili, ¿qué te anda pasando? ¿Estás bien? – le pregunté.

– Sí, estoy bien, tío, no te preocupes – me respondió escuetamente -. No pasa nada.

– Algo me dice que pasa algo – le dije -. Cuando quieras algún consejo, no dudes en decirme. Soy todo oídos.

– Es que no es tan importante. O sí, no sé. Te vas a reír, me vas a decir que me preocupo por cosas que no son importantes. O que los problemas de la gente grande son otra cosa distinta.

– Sea lo que sea lo que te tenga preocupada, para vos ahora es algo importante. Capaz que es algo grave y capaz que no. Si es algo grave, vamos a encontrar la manera de resolverlo pronto. Si no lo es, por ahí en un rato estamos los dos riéndonos.

– Ayer subí una foto a Instagram – me explicó -. Y no tuvo tantos Likes como esperaba. Nada, eso.

– Hay tipos de 35 años que se preocupan por lo mismo, Pili. Así que claramente esto no es cuestión de ser chico o de ser grande. Sabés que no estás hablando con un marciano, conozco las redes sociales, las uso desde muy chico (no a los 12, como vos, pero sí a los 15), así que te entiendo de qué me hablás. De adolescente me ponían de malhumor las mismas cosas, hasta que un día me puse a pensar y me pregunté: “¿En qué cambia mi vida por un Like más o un Like menos?”.

– Es que la gente quiere sobresalir – me respondió mi sobrina -. Se ponen a comparar a ver cuántos Me Gusta tiene cada uno, y el que tiene más se siente como si fuera la gran cosa. A mi no me va mucho, pero un poco se te pega porque lo hacen todos.

– Tal cual. Compiten por sobresalir. Por suerte, vos sos crítica de todo eso, aunque por momentos te ponga de malhumor. Muchos chicos (de tu edad, más chicos o más grandes, algunos mucho más grandes) no se hacen ese cuestionamiento. Se sienten realmente mal, se sienten completamente frustrados. Tienen la autoestima por el suelo.

– Una amiga en el colegio se puso a llorar el otro día, porque otra compañera se le empezó a reír por tener pocos seguidores en Instagram. Se agarraron de los pelos y tuvo que intervenir la directora.

– Fijate: tu amiga se sintió afectada, sintió que ella valía menos por el hecho de tener pocos seguidores en una red social. Y tu otra compañera sentía que valía más. ¿Y qué pasaría, Pili, si todos tus amigos tuvieran exactamente la misma cantidad de seguidores en las redes sociales, y exactamente la misma cantidad de Likes?

– Creo que nadie estaría conforme, porque todos querrían tener más que el resto. Si pasara eso, para ellos no tendría gracia usar Instagram.

– O sea que todos tus amigos piensan que para valer más, todos los demás tienen que valer menos.

– Claro, es así, tío.

– ¿Y cómo se hace para tener más seguidores y para tener más Likes? Sin pagar con la tarjeta de crédito, obviamente – le pregunté, entre risas.

– Y… tenés que subir una foto que sea distinta, algo que sea original, que sea creativo.

– Entonces vale más y es mejor el que es distinto.

– Así es.

– Bueno, tal como me lo estás describiendo, no es muy distinto a lo que hace mucha gente grande. Hay personas muy mayores que no usan redes sociales, pero que coleccionan monedas antiguas o sellos postales. Lo primero se llama numismática, lo segundo filatelia (después googlealo). Hay casos de monedas o de estampillas que tienen alguna “rareza”, algo que las hace únicas y especiales y, por lo tanto, más valiosas. Los coleccionistas pagan fortuna por ese tipo de cosas. La idea de fondo es la misma: lo que me hace valer más es lo que me hace diferente, por lo tanto, para aumentar de valor hay que esforzarse permanentemente por diferenciarse del resto. Pareciera que, para ser feliz, los otros tienen que ser infelices. La autoestima (y la felicidad) dependen entonces de qué tan distinto y original se sea.

– ¿Pero para vos eso está mal, tío? A mi siempre me han dicho que tengo que ser yo misma, que no tengo que hacer algo solamente porque lo hagan todos.

– Y eso que te han dicho está muy bien. Es normal y saludable que nos aceptemos a nosotros mismos tal como somos, y no hacer algo que uno no quiera con tal de “encajar” en un grupo. Todas las personas somos distintas. Sin embargo, Pili, me parece que las personas ponemos mucho énfasis en lo que nos distingue a unos de otros, pero, si nos ponemos a pensar, hay cosas muy importantes que tenemos todos en común. Pensá esto: ¿en qué idioma estamos hablando?

– En español.

– Todas las palabras que estamos usando para hablar, ¿las inventamos nosotros? ¿Empezaron a existir con nosotros o ya existían desde mucho antes de que naciéramos?

– Desde mucho antes de que naciéramos – dijo, medio confundida, sin entender bien para dónde quería ir.

– Esas palabras que usamos para hablar, también las usamos para pensar. Cuando pensamos, pareciera como si estuviéramos hablando, pero en realidad no hay otra persona ahí.

–  Y no, tío, cuando pensamos hablamos con nosotros mismos.

– Obviamente. Pero fijate que para hablar con nosotros mismos tenemos que hacer de cuenta como que estamos hablando con otro.

– ¡Es verdad! – respondió asombrada mi sobrina, como en ese instante la mente le hubiera hecho click.

– ¿Qué te gustaría hacer de grande?

– ¡Ya soy grande, tío!

– De adulta, cuando tengas más de 18 y estés en edad como para empezar a estudiar en la facultad, por ejemplo.

– Todavía no sé si quiero estudiar algo, pero quiero tener una casa propia, poder irme de viaje con mis amigas, no sé.

– ¿Alguna vez pensaste por qué querés las cosas que querés?

– ¿Cómo? No entiendo.

– ¿En qué momento te pusiste a pensar en que querías tener una casa propia?

– Y… no se.

– ¿Viste a algún conocido tuyo que tiene una casa y te gustaría hacer lo mismo?

– Y… mis papás, que viven en una casa, y cuando eran chicos vivían ellos con sus papás. Mi padrino, que hace poco se mudó, también vivía antes con los papás.

– Entonces no es algo que se te haya ocurrido hacer de la nada. Es algo que viste que otras personas lo hicieron, y lo querés hacer también.

– Bueno, pero yo no quiero hacer todo lo que quiera hacer el resto.

– No, por supuesto. Todo no. A lo largo de la vida vemos a muchas personas haciendo cosas. Algunas cosas nos dan ganas de hacerlas y otras no. Y algunas cosas las queremos hacer, pero a nuestro modo. Por ahí una amiga tuya se va de vacaciones a Pinamar, y a vos te dan ganas de irte de vacaciones, pero a Miramar. En la vida elegimos en base a opciones, mientras más opciones conozcamos, más cosas para elegir tenemos. Pero alguien nos enseñó (directa o indirectamente) que esas opciones existían. No las descubrimos solos. Nadie es tan original como para inventar algo completamente nuevo.

– ¡Pero eso es un garrón, tío!

– Depende cómo lo mires. Si pensamos que nuestra felicidad consiste en diferenciarnos, sí, parece algo desalentador: nunca nos vamos a diferenciar del todo. Eso es lo que piensan quienes creen que ser feliz es superar al otro. Yo creo que para ser feliz hay que ir al encuentro con el otro. Cuando vamos al encuentro con el otro, nos damos cuenta de muchas cosas; por ejemplo, que muchas preocupaciones que creíamos que eran sólo nuestras, en realidad eran más comunes de lo que imaginábamos. El que quiere superar al otro quiere conservarse a uno mismo así como ya está. Cuando te encontrás con el otro, algo en vos sale modificado. A veces nos damos cuenta de que éramos más iguales de lo que podíamos llegar a pensar. Otras veces, aún en nuestras diferencias, salimos enriquecidos. ¿Te das cuenta, Pili, que esto va más allá de las redes sociales? Mucha gente grande tiene las mismas angustias, la autoestima de mucha gente adulta depende de si sos mejor o peor que el otro. Esas personas parece que se olvidan que no hablarían con las palabras que hablan si no hubieran vivido toda su vida con otros.

Mi sobrina me escuchaba atentamente. Me alegra haber podido reflexionar junto con ella.

La conclusión de esta nota es un poco fuerte: para hacer algo tan cotidiano como pensar, hemos necesitado convivir con el otro. Las otras personas con las que he convivido a lo largo de mi vida están dentro mío, porque yo no sería quien soy si no hubiera socializado con ellas. En otras palabras, podríamos decir que la comunidad está dentro de cada persona, porque hemos necesitado de ella para ser quienes somos. Podríamos sacar como conclusión que mientras más conozco a la comunidad, más me conozco a mi mismo. Y podríamos concluir una cosa más: mientras más amo a la comunidad (es decir, mientras más amo al otro) más me amo a mi mismo. Cuando hablo de amar no hablo de un simple sentimiento, ni tampoco hablo de tener mariposas en el estómago. Para mi, amar es involucrarse con el otro. Si tenemos en cuenta que la palabra “política” viene del griego pólis, que significa “comunidad”, entonces podemos decir también que la autoestima es un asunto político.