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Jojo Rabbit: entre la ternura emotiva y la sátira

Jojo Rabbit: entre la ternura emotiva y la sátira

 Llega a los cines esta parodia donde se busca una nueva crítica al nazismo y los fanatismos, esta vez a través de los ojos de un niño alemán durante la Segunda Guerra Mundial, que contra todos sus principios, tiene que establecer relación con alguien a la que él creía el enemigo.

Por Maxi Muñoz. 

La semana pasada llego a los cines una nueva cinta de Taika Waititi, que seguro dará que hablar entre el público y la crítica. El director neozelandés, de padre maorí y madre judía, quien trabajó en la comedia de documental falso Casa vampiro (2014), y en Thor Ragnarok (2017), vuelve con un filme dirigido, producido y escrito por él mismo, donde vuelca todo su estilo cinematográfico atravesado siempre por el humor. La película se estrenó primero en septiembre en el festival de Toronto, donde consiguió el premio mayor, y llegó a los Estados Unidos en noviembre. Estrenada recientemente en nuestro país, ya tiene seis nominaciones al Óscar, entre los cuales figura el de Mejor Película.

La premisa del filme ya nos presenta una historia que puede llegar a abrir la polémica. Jojo es un chico alemán de diez años durante los momentos finales de la Segunda Guerra Mundial, que vive  con aspiraciones de ser un soldado nazi y que tiene como amigo imaginario a nada más y nada menos que Adolf Hitler —interpretado por el mismo Waititi—. Pero tras un fin de semana en un campamento de jóvenes nazis, descubre que su mamá —Scarlett Johansson— esconde a una niña judía en su casa. La premisa de la cinta es provocadora y aún más lo es su tratamiento de comedia ácida que se balancea entre la parodia y lo absurdo. Pero el desarrollo del filme demuestra de nuevo lo que todos los que aman el género saben: el humor es un medio muy poderoso para atacar los temas más difíciles.

Para afrontar esta película es muy necesario entrar en su lógica de sátira a uno de los momentos más oscuros de la historia de la humanidad. De lo contrario la mirada superficial va a ganarle a cualquier análisis que la película propone a lo largo de sus casi dos horas de duración. Y esencialmente se necesita entender que Waititi nos presenta esta historia con una mirada con un foco puesto al cien por ciento en los ojos de un niño. Esto permite que durante la cinta todo esté bajo un hilo de la fantasía y de la inocencia de la niñez. Y esto para poder infantilizar al nazismo, yendo por otro camino al que el cine nos tiene acostumbrados —siempre tratado desde lo oscuro—, y buscando poner en evidencia la estupidez de sus discursos. Unos de carga racista, xenófoba y de intolerancia que aún hoy en día siguen repercutiendo y reproduciéndose en la boca no sólo de organizaciones y sectores conservadores, sino también en la de políticos poderosos y jefes de Estado. Algo que sin dudas se logra: problematizar los peligros del fanatismo. Y es que este tono comienza con la propia secuencia de créditos iniciales, donde detrás de imágenes de archivo de desfiles y fanáticos nazis siguiendo a Hitler, los Beatles suenan de fondo con su hit I Want to Hold Your Hand, comparando a estos ciegos fanáticos con la beatlemania. Fanatismo que causó, como se dijo antes, una de las peores atrocidades de la historia.

Sin embargo, Jojo Rabbit —apodo que sus compañeros le ponen al protagonista al negarse a matar a un conejo— no se encierra en la simple parodia, sino que la utiliza como eje para llegar a su mensaje principal: poner el amor por sobre el odio. Y es que tras veinte minutos donde Waititi no se limita a tirar chistes y gags de todo tipo, la entrada de Elsa, la niña judía que la madre de Jojo refugia, hace que la historia principal encare hacia otro lado. Aquí ya no todo pasa por el humor absurdo, sino que la trama se vuelca a contar una historia de amistad entre dos niños que viven en medio de tiempos oscuros, y donde sus miradas sobre la vida y las personas chocan. La película es un constante reír, pero también un emocionarse y llorar; todo esto mientras nos dan pantallazos de ternura en medio de situaciones que esconden un horror detrás. Tranquilamente puede compararse con películas como La vida es bella (1999) de Roberto Benigni, o —y sin buscar ser pretenciosos— con El Gran Dictador (1940) de Charles Chaplin. Pero sin embargo, Jojo Rabbit marca una diferencia en su tono, el cual es uno fantasioso, siempre atravesado por el punto de vista de su protagonista, que nos trae una mirada tan simple, que hace preguntarnos si a veces no se necesita un poco de esa simpleza infantil para poder percibir lo bueno de lo malo.

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Y repetir el factor de la perspectiva de un niño no es algo que se haga porque sí; sino porque justamente es lo que mantiene el espíritu del filme, y lo que permite que funcione. Lo mejor de la película es su elenco infantil. Resaltando Jojo, interpretado por Roman Griffin Davis —quien ganó un Critic’s Choice por mejor actor infantil y que estuvo nominado en los Globos de Oro entre estrellas como Leo DiCaprio, Joaquin Phoenix y Adam Driver—, y por Elsa, con Thomasin McKenzie en el papel, quienes se roban toda la película con sus interacciones. Y sin dejar de mencionar a Yorki, el mejor amigo de Jojo, que también resalta cada vez que aparece en la pantalla —y quien protagonizará el reboot de Mi pobre angelito—.

El personaje de Scarlett Johansson está construido de una manera que roza con lo superficial, pero que sigue reflejando la paz entre tanto caos, la que baja a tierra tanto al protagonista como al público. Y por último, el Adolf Hitler de Taika Waititi cumple su rol humorístico durante toda la película, aunque no resalta por demás y el personaje como amigo imaginario también pierde fuerza cuando la parte dramática de la historia se incrementa; algo que también termina siendo positivo para que el filme no se sostenga solo en la satírica.

Sin dudas, hay algunas cosas que pueden criticársele a Jojo Rabbit, pero todas van por fuera de la discusión sobre la premisa. Sino más bien por el lado de un guion que a veces es un poco «formulero» y acude a lo básico y de libreto para alcanzar el tono emotivo. Su dirección también es simple, aunque la fotografía sí resalta por sus colores vivos que acompañan al mundo de fantasía que Jojo se crea en torno al nazismo —se ha llegado a comparar la utilización de esta paleta con la de otros cineastas como Wes Anderson—. Más allá de cualquier punto flojo que se le puede adjudicar, el director neozelandés logra balancear entre la comedia y lo emotivo, a veces fusionando lo bello con lo horrendo; pero eso sí, cada vez que la muerte sobrepasa a cualquier mirada satírica, éste se encarga de demostrarlo con la propia iluminación que se torna repentinamente gris y más sombría. Además de que a medida de que Jojo va dudando de los ideales nazis, su amigo imaginario tiene cada vez menos participación.

Tranquilamente, la cinta puede llegar a tambalear con caer en lo polémico. Pero que lo haga o no es cuestión de quien la mire. Es una historia de mucho humor ácido, de diálogos chocantes que buscan poner en evidencia lo estúpido de estos discursos a través del humor del absurdo. Y puede llegar a ser repetitivo, pero es que el propio filme también se ve enteramente atado a su mensaje antibélico, y del amor por sobre la guerra. Es lógico que a muchos les incomode, y que en la sala no todos se rían de los mismos chistes. Pero es destacable que existan estos tipos de filmes, que ponen en juego la discusión sobre de qué nos reímos, con que se puede hacer humor y con qué no. Por eso es una película tan amada como infravalorada por la crítica, dividida en opiniones contrarias.

En definitiva, Jojo Rabbit no llega a superar a muchas otras cintas del año, y entre las nueve nominadas al Óscar es la que quedaría por debajo, no sólo por la simpleza de su historia, sino también porque su guión muchas veces se ve opacado por recursos clichés y melodramáticos, tornándola un poco unidimensional; con un trama que es de las más fáciles de digerir por todo el público en general. Pero más allá de eso, las risas y las lágrimas se hacen presentes.

La película es un ida y vuelta constante entre momentos satíricos, de humor absurdo y a veces más sutil. Llena de momentos emotivos, tiernos, y de diálogos que son tan sencillos pero llevan consigo mucho contenido. De aquellos filmes que generan polémica con su premisa, que ponen al público a enfrentarse con muchos sentimientos encontrados, pero que se agradece que alguien como Waititi se haya animado a hacerla. Y esto pensando que comenzó a trabajar esta idea en 2011, pero le costó muchos años poder desarrollarla y, cuando los últimos rastros de Fox la financiaron, se le puso la condición de que el propio director interprete al dictador.

Visual y narrativamente acompaña al mundo de fantasía donde su director logra nivelar los distintos tonos narrativos por los que transita. Tan sencilla como atrevida, logra ponerse en la mirada de todos, con un mensaje en contra de la guerra y el odio que, aunque parezca tan tocado y repetitivo en la historia del arte en general, sigue vigente y nunca está demás tocar, en la sociedad de hoy que aún —y quizás hasta sus últimos días— tambalea con repetir los errores del pasado.