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Ho visto Maradona

Ho visto Maradona

 Por Matías Pacho.

Pido disculpas por mi falta de profesionalidad, pero créame que, aunque me haya formado en periodismo y comunicación, no tengo palabras para describir fielmente lo ocurrido el domingo en la cancha de Gimnasia, ni tampoco tengo la capacidad de plantarme desde un lugar neutro para hablar de Diego Armando Maradona. Sepa, lector, que este escritor siente amor por Maradona y usted bien sabrá que al amor hay miles de formas de expresarlo, pero siempre lo que sentimos va más allá de lo que una palabra o gesto pueda significar. Hechas estas salvedades, aquí vamos.

Hay tres canciones que están resonando en mi cabeza desde el domingo. Hasta el domingo, fueron canciones que cantaba sin mayor problematización de su letra, sin embargo, luego de atravesar la experiencia de ver in situ a Diego y habitar la misma ciudad que él, tomaron otra significación. No son ni las mejores, ni las que más me gustan, sólo fueron canciones que escuché el domingo y me despertaron una atención que antes no.

“Pelusa sacude el barrio”, dice la canción de Los Cafres mientras los socios del Lobo esperan que comience el entrenamiento más deseado de su historia. Cuatro palabras de una canción con más de 20 años que pinta a la perfección estos días de La Plata. La ciudad está sacudida desde la posible llegada de Maradona: las conversaciones son en torno a él, las rutinas laborales y los planes familiares se alteraron, ni que hablar de la sede del Lobo que tiene que convivir con la felicidad, el caos y la urgencia para atender a los socios (a los nuevos, a los viejos y a los futuros). La ciudad y los que vivimos en ella recibimos la noticia como un sacudón cuando estás dormido, pero un sacudón de esos lindos, como cuando te levantaban los golpes para avisarte que llegó Papa Noel.

“Y a la Argentina sí que hizo feliz. Para el pueblo, lo mejor: Diego Armando Maradó”, entona Juanse y sus Ratones Paranoicos mientras la voz del estadio nos pide que cantemos todos. Creo que, más allá del equipo que seamos hincha, la llegada de Maradona al fútbol argentino genera alegría. En algunos más, en otros menos porque defiende los colores del clásico rival, pero quien quiere a Maradona no debe estar triste por este arribo.

Para una sociedad como la nuestra que hace un par de años que camina cabizbaja, a la que se le dificulta vivir plenamente y sin preocupaciones, la llegada de Maradona fue una inyección anímica: los últimos días han sido de goce y de felicidad plena para los que queremos a Diego y soñamos con verlo alguna vez. Diego nos devolvió la felicidad e hizo que nos olvidemos de los problemas, que no desaparecen, que siguen estando y que él no nos los va a solucionar, pero al menos tenemos la certeza que por dos horas a la semana vamos a tener inmaculada una sonrisa por verlo en su hábitat natural.

Por último, la que más atención me despertó es la que cantaban los tifosi napolitanos y que la cuenta de Twitter de Gimnasia utilizó para darle la bienvenida a su nuevo entrenador. “O mamma mamma mamma / o mamma mamma mamma / sai perche’ mi batte il corazon? / Ho visto Maradona / Ho visto Maradona / eh, mamma’, innamorato son”, siempre me gustó esta canción que hicieron en Nápoles para la máxima figura de la historia de su club, aunque me pareciera un poco berreta de acuerdo a lo que hizo Diego allí. No es necesario un himno, pero al menos se podrían haber esforzado un poco más.

Sin embargo, esta concepción que tenía cambió el domingo. Los napolitanos pudieron bajar al llano y en pocas palabras aquello por lo que yo pido perdón al comienzo de la nota. Maradona no se dice, no se explica con palabras: Maradona se siente, se vive, se experimenta, se hace cuerpo.

Cuando Diego bajó de la enorme camioneta en la que llegó al estadio, lo primero que vi fue su gorra blanca mientras el corazón comenzaba a acelerarse. Grité “¡Vamos Diego!” y cuando levantó la vista para mirar a todos los que estábamos encima suyo rompí en llanto: Maradona realmente existe, es terrenal, está debajo de mí, nos está mirando y nos está saludando. Volví a gritarle, esta vez para decirle que lo amaba mucho y la voz se me quebró, como si algo la hubiese atravesado de golpe. Seguro que era un pedazo de alma, esa que tanto él me llenó, la que se fue con ese grito.

Cuando se fue para el vestuario perdiéndose de mi vista, me paré, abracé a mi amigo y lloré como pocas veces. Lloré sin saber muy bien porqué, pero con la seguridad de que estaba bien llorar. Noté que mi corazón seguía ahí, que había superado el trance, aunque lo sentía agitado como si hubiera estado corriendo. Desde entonces, mis mayores respetos a los artífices de «Ho visto Maradona».