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Democracia para siempre

Democracia para siempre

Por Leonel Sánchez Alpino

El 15 de abril de 1987 la Argentina era un hervidero. Menos de cuatro años después del retorno al sistema republicano, un nuevo levantamiento militar amenazaba con poner en jaque la institucionalidad democrática; sin embargo la reacción popular terminaría por frenar la intentona carapintada.

Las atrocidades de la última dictadura eran una herida muy distante de cerrarse, apenas un año antes el Juicio a las Juntas había condenado a los responsables del genocidio ocurrido entre 1976 y 1983 y las consecuencias de los actos ejecutados por el régimen tenían una absoluta vigencia ya que muchas familias seguían buscando seres queridos desaparecidos durante el proceso con la esperanza de encontrarlos con vida, a la par que el desastre económico inducido por las medidas implementadas durante la gestión de Martinez de Hoy estaba lejos de ser revertido.

La sociedad sufrió mucho durante los años de terror, el gobierno de facto entregó un país desangrado y fundido. Cuando Aldo Rico ocupó Campo de Mayo la respuesta fue unánime, no importaba si el que marchaba al lado era peronista o radical, la gente salía a la calle para mostrarle a los viejos opresores que el nunca más también tenía vigencia para el “no te metas” y nadie estaba dispuesto a mirar para otro lado.

En una nación donde el relato demagógico suele buscar convertir al disciplinamiento social y la tolerancia frente al saqueo del bolsillo de las mayorías en la única forma de unidad nacional posible, la ciudadanía daba una lección de civismo mostrando que el consenso real solo se traslada a los hechos cuando el común de la población es consciente de sus derechos y no teme defenderlos.

Es cierto que el chantajeo de los sublevados lograría la sanción posterior de las leyes de obediencia debida y punto final, pero igual de real es que frente a los ojos de todos quedaba trunca definitivamente la posibilidad de que el ejército logre derribar un presidente. La joven democracia maduraba bajó el cuidado de un pueblo que bajo ningún modo toleraría retornar al pasado.

Treinta años después la necesidad de aquel gesto de patriotismo y unidad cívica se renueva. La hipótesis del golpe de estado tradicional quedó para los manuales de historia, pero los métodos de desestabilización han mutado con el correr del tiempo. y hoy los mismos intereses que instalaron a Videla en 1976 se esfuerzan por manipular la opinión pública a su antojo.

Un pequeño grupo de empresarios desmedidamente codiciosos, productores agropecuarios cada vez más soja-dependientes y banqueros devenidos en timberos compulsivos en la especulación financiera, pretenden secuestrar la política y las instituciones públicas para transformar a los dirigentes de los tres poderes del Estado en sus abogados de parte.

¿A alguien se le escapa la presión permanente que existe alrededor de los funcionarios para apoyar iniciativas en beneficio de los poderosos?, ¿o a caso, poniendo un ejemplo que hace a la ciudad de La Plata, la tragedia del 2 de abril de 2013 no hubiera sido un hecho menos traumático si el Concejo Deliberante hubiera rechazado el Código de Ordenamiento Urbano sancionado a gusto y piacere de las grandes constructoras inmobiliarias?

La corrupción es la moneda de cambio entre un importante número de actores político-institucionales y el verdadero poder que gobierna el mundo: los “hombres de negocios” privados. El manual de dominación solo varió en sus formas: ya no se golpean los cuarteles para que el ejército haga el trabajo sucio de los amos y señores de la economía, ahora se “compran” políticos, jueces y periodistas para que lo hagan ellos de una manera mucho más disimulada que en los setenta y cuando aparece una expresión ciudadana que no pueden sobornar simplemente activan como plan B la práctica del linchamiento mediático y judicial.

Es un sector importante del periodismo el que cada día hace menos profesionalismo y más ilusionismo. La prensa concentrada tiene el poder de convertir en corrupto al limpio y al limpio en corrupto, al victimario en víctima y a la víctima en victimario, y la operación se completa con un juez muy bien pago que convalida la denuncia “periodística” e inicia causas sin el mínimo rigor jurídico; es el crimen perfecto.

El mismo despertar civíco que vivió la Argentina en aquella agitada Semana Santa de 1987 para salvar la soberanía popular de sus verdugos habituales, vuelve a ser una necesidad en la época que corre. Antes asesinaban la democracia a plena luz del día, hoy la envenenan gota a gota.